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sábado, 30 de julio de 2011

LA ÚLTIMA NAVIDAD

Recuerdos de la última navidad: Apenas llegar a la ciudad, vamos a comprar el abeto a última hora, con un añejo coche al que hay que empujar varias veces para arrancarlo. Encontramos uno precioso y a buen precio, que atamos encima del auto. Vernos empujarlo de nuevo con el árbol encima es una imagen patética en la soleada mañana urbana. Adornarlo es ya un ritual y una fascinante transformación, tan sólo añadiendo esferas de colores, figuras diversas, una ristra de foquitos y un par de guirnaldas. Y la estrella en la cúspide. Todos acabamos retratados junto a él con villancicos populares como música de fondo… Siempre acabamos comentando lo absurdo de las letras de muchos de esos villancicos, “pero mira como beben los peces en el río”, “campana sobre campana y sobre campana una”… Mi suegra extrayendo las diminutas espinas del bacalao a la vizcaína, mi esposa inyectando una insólita mezcla de licores al pavo con una jeringuilla y mi cuñado y yo pelando patatas y frutas como arrestados de la “mili“. Cuánta actividad para que no falte de nada en la cena. Y cuidado con el tipo de queso para la pasta, que el año pasado hizo exclamar a mi esposa: “¡Mamá, que esto huele a patas!”… Un pedazo de verdura se me escapa del tenedor directo a mi barriga hace exclamar a mi suegra: “Esa zanahoria ha pensado que ya que va para la panza, ¡pues de una vez!”… El intercambio de regalos que había en la base del abeto, papeles de envoltorio rasgados, ojos de admiración y sorpresa, sinceras palabras de agradecimiento… Mi suegra leyendo con gran interés la introducción del libro publicado por su hija y dedicado a su familia… Las estrafalarias piñatas que “gritan de dolor” cuando reciben un golpe con la vara y son respondidas con sonoras carcajadas. No hay piedad y todas acaban despanzurradas en el suelo, con su contenido y sus regalitos desperdigados… Los fuegos artificiales que son captados por las cámaras fotográficas en extrañas trayectorias, transformándose en una suerte de arte abstracto… El fin de año en el Caribe, con un clima y un paisaje muy diferentes al de todos los tópicos navideños, pero con la misma parafernalia de brindis con vino espumoso, doce uvas, baile, gorritos, matasuegras y ruido… El resbalón de mi suegra en el aeropuerto que nos tuvo con el corazón en un puño antes de poder tomarlo como algo anecdótico… La gran cola frente a la única pastelería de la ciudad que vende roscón de reyes con la nata de relleno más deliciosa del mundo. Y eso que es el más caro, bueno, quizás por eso mismo. Pero mereció la pena esperar tanto para consumirlo en familia junto a un chocolate bien caliente y reírnos de los que encontraron (encontramos) el muñeco del niño Jesús en el interior del roscón… El regreso a ver a mi madre que, por querer disfrutar con el resto de sus hijos tanto como nosotros, pospuso una intervención quirúrgica que casi le cuesta una amputación o la vida… Como todo en la vida, estas fechas no han sido perfectas, pero casi.

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