MANUEL AZAÑA Y LA GUARDIA CIVIL
INTRODUCCIÓN:
A primeros del presente año, la figura de D. Manuel Azaña volvió a ponerse de actualidad por la publicación, a finales de 1997, del libro DIARIOS, 1932-1933, "LOS CUADERNOS ROBADOS", tres cuadernos en los que escribía sus memorias día a día, robados en 1.937 en Ginebra (Suiza) y entregados al general Franco, permaneciendo ocultos sesenta años. Con ellos se completa la obra MEMORIAS POLÍTICAS Y DE GUERRA, que se publicó en dos tomos en 1.978, y constituye un documento histórico excepcional, en tanto que es parte de nuestra historia contemporánea narrada prácticamente en directo, al estar reflejada en forma de diarios, por uno de sus principales protagonistas.
De sus memorias, se deduce que Manuel Azaña Díaz fue un hombre adelantado a su tiempo. Un gobernante honesto, al servicio del pueblo, distinto de los demás políticos de su época, unos demasiado apegados a unas ideas utópicas, muy cercanas al marxismo, como los socialistas Indalecio Prieto, Francisco Largo Caballero y Fernando de los Ríos; otros querían gobernar por afán de poder, como Alejandro Lerroux, y otros por conservar los privilegios obtenidos en la época monárquica, como los derechistas Gil Robles y Calvo Sotelo. Las rivalidades entre partidos antagonistas, a veces con enfrentamientos, acabaron con su paciencia y le pusieron al borde de la dimisión en varias ocasiones, aunque no lo hizo porque era consciente de que su papel como árbitro y defensor de la república y la democracia era esencial para que éstas no desaparecieran, rotas en mil pedazos por las sinrazones y la intransigencia de los demás.
Hombre muy inteligente, gran orador, elocuente, sincero, tolerante, amante de la democracia, prudente, sencillo y muy humano. Estas cualidades, como se puede comprobar, salvaron a la República del naufragio en muchas ocasiones, lo que le costó el odio de los monárquicos y de los militares, éstos últimos más por su acertada reforma del Ejército, que tenía exceso de mandos y poca eficacia. Tampoco era un político con ansia de poder, a diferencia de la mayoría de los de su época, pues estuvo a punto de dejarlo todo muchas veces, ya que la ardua tarea de gobernar España le robó tiempo para hacer lo que más le gustaba: escribir, pasear con sus amigos por la capital y recorrer la sierra madrileña con su familia. Fue, por tanto, un literato frustrado. Posiblemente, su triunfo como gobernante le privó del que podía haber obtenido como escritor.
Pero el tema que se trata ahora es las relaciones de Azaña y la Guardia Civil, y más que sus relaciones, sus opiniones, puesto que por los cargos que ocupó, indudablemente tuvo que conocer a esta Institución, y todo contacto que tuvo con ella quedó reflejado en sus diarios. En su lectura se encuentran datos desagradables y sorprendentes. En suma, que la andadura de la Guardia Civil durante la Segunda República Española no fue muy honrosa, quizás por culpa de los servicios prestados a los terratenientes durante el reinado de Alfonso XIII y la Dictadura de Primo de Rivera. Estos caciques rurales tenían bajo su tutela a todas las autoridades locales y por ende, gozaron de la protección de la Guardia Civil, que en muchas ocasiones parecieron más al servicio de los poderosos que del pueblo. Y esto no le hizo a la Benemérita comenzar con buen pie la etapa republicana, ya que gracias al sufragio universal, muchos que habían sido sus enemigos y sus perseguidos, lograron puestos importantes en los Ayuntamientos y hasta en las mismas Cortes españolas. Así, se perdió gran parte del prestigio ganado en el siglo anterior, en el que por su lucha contra el bandolerismo, constituyó el baluarte del orden y de la seguridad en el medio rural español.
Cronológicamente, se enumeran y analizan las diversas ocasiones en que Azaña se refiere a la Guardia Civil, teniendo en cuenta el cargo que ocupaba en cada etapa histórica. Y mucho de lo que aquí se verá, no consta en el libro "La Guardia Civil Española", editado por la Dirección General de la Guardia Civil. Hay que tener presente que en el siglo y medio de existencia del Instituto, evidentemente, no todos fueron momentos gloriosos ni siempre los culpables de los errores eran las clases de tropa. Ahí tenemos como ejemplo más reciente el escándalo del ex-Director General Luis Roldán Ibáñez.
MINISTRO DE LA GUERRA (14 de abril-13 de octubre de 1931)
El 4 de julio, anotó en su diario que el general Rodríguez del Barrio iba a revistar la guarnición de Málaga, exceptuando a la Guardia Civil, pese a las quejas del Gobernador Civil. Azaña pensó que era para evitar que el pueblo le hiciera demostraciones hostiles. El día 6 fue informado de que muchos telegramas cifrados se cursaban desde la Guardia Civil y que el general Sanjurjo (Director General del Cuerpo) recibió una invitación para participar en una conjura contra la República. El día 14, en Madrid, en la ceremonia de proclamación de las Cortes constituyentes republicanas, durante el desfile militar, la Guardia Civil fue recibida con una "silba estrepitosa, que no se consigue ahogar con aplausos" de otras personas. Al finalizar, varios amigos de Azaña, entre ellos el diputado por su partido, Acción Republicana, capitán de artillería Pedro Romero, le instaron a que disolviese en seguida la Guardia Civil. No hacía ni dos meses que se había ido el rey Alfonso XIII y se había proclamado la República, cuando se ve a la Institución rechazada por parte del pueblo, implicada en una supuesta conspiración y bajo la amenaza de disolución.
El 5 de agosto, transcribió en su diario una larga conversación con Sanjurjo, en la que éste le dio cuenta del estado del Parque de la Guardia Civil. Había abusos que si se investigaran, producirían un escándalo, y el Director General se sentía en parte responsable al no haber actuado en los dos años que llevaba al frente del Cuerpo. También le contó que había en el Parque una sala de máquinas con varios motores de 85 caballos cada uno, que podría dar luz a Chamartín, pero como la Guardia Civil no iba a dedicarse a eso, estaban parados, inservibles, pues toda la fuerza que el Parque necesitaba la proporcionaba un motor de 15 caballos. Sanjurjo culpaba al general Burguete, para justificar gastos o cobrar comisiones, del que afirmó no saber si era un buen general, pero era un general caro. ¿No tiene esto cierta similitud con hechos ocurridos durante la etapa de Luis Roldán?
Al final de la conversación, Sanjurjo opinó que al venir la República, debieron cambiarse los Puestos en muchos pueblos, porque los guardias veían de alcaldes a personas antes perseguidas por ellos (esto corrobora lo expuesto en la introducción).
El 18 de agosto de 1931, Miguel Maura, Ministro de la Gobernación, informó a Azaña de que la Guardia Civil de Navarra era toda carlista. Entre ambos decidieron también variarla. Toda una Comandancia desleal al Gobierno legítimo y además, fiel a un aspirante a la monarquía en contra de Alfonso XIII. Inconcebible.
El 7 de septiembre, más rumores de conjura. Un tal coronel Góngora, de Caballería, y con mala reputación, al parecer, invitó a Sanjurjo, que estaba indeciso, y creía contar también con apoyos en la Guardia Civil. Por lo visto, en todas las conspiraciones contra la República que se preparaban, a los responsables les era muy importante contar con la fuerza del Cuerpo.
El día 12, Azaña narró la conversación de Maura con Sanjurjo. El Ministro de la Gobernación le preguntó al general, sin rodeos, si él sería el hombre en torno a quien se agruparían los descontentos con la República para instaurar una nueva dictadura. Sanjurjo respondió que el no se sublevó nunca y era leal al régimen, y que no podría tener el Gobierno queja de la Guardia Civil en ese aspecto. Pero Maura advirtió vacilación en el general antes de responder. Después, Maura le dio cuenta al Ministro de la Guerra de la difícil situación de la Benemérita, mal pagada y que en ese momento debía obedecer a autoridades de los pueblos que antes perseguía durante el régimen monárquico. Como es lo mismo que Sanjurjo le dijo el día 5 de agosto, parece ser que a gran parte de la Guardia Civil le era muy duro tener que recibir órdenes de personas que antes eran delincuentes, pero delincuentes políticos, no comunes, perseguidos por sus ideas y no por sus actos. El día 15, Azaña tuvo noticia de que en algunos lugares, la Guardia Civil permanecía pasiva ante ciertos desmanes populares, sobre todo, los oficiales. (¿Alguna forma de protesta o es que no sabían como actuar?).
El día 21 de septiembre, Sanjurjo le comunicó a Azaña que a los generales de la Guardia Civil no les gustaban las divisas que se les han asignado. El Ministro de la Guerra le respondió que le tenía sin cuidado y que se pusieran lo que quisieran. Le indignaba que le hicieran perder el tiempo con "majaderías", que le cansaban y aburrían más que los problemas graves. Ciertamente, en los tiempos que corrían, con todos los asuntos importantes que debían preocupar al Cuerpo, parece bastante inoportuno ir hasta el Ministro a quejarse de una cosa así.
El 9 de octubre, durante una reunión en el Ateneo de Madrid (Instituto cultural), donde se congregaban los intelectuales de la época, incluido Azaña, que fue su secretario y luego su presidente, intervino en defensa del Cuerpo uno de sus miembros, un ex Guardia Civil "de aquellos que no se mezclan en política y se atienen al cumplimiento de su deber, etcétera, etcétera. Entonces muchos socios, casi todos, ¡aplaudieron a la Guardia Civil!. Y aplaudieron los extremistas. Los mismos que hace pocos meses, en otra junta, me pedían la disolución del instituto". Con estas palabras, Azaña reflejó los sentimientos contradictorios que despertaba el Instituto entre la sociedad española, algunos le odiaban fuertemente, otros a veces le querían y otras veces le vituperaban, y por último, también había gente que le apreciaba, pero por sus virtudes, sobre todo, la fidelidad en el cumplimiento del deber y su carácter apolítico, sin cuestionar nunca al Gobierno legítimo. Pero estas virtudes empezaron a fallar, como se ha visto y se verá más adelante.
PRESIDENTE DEL GOBIERNO Y MINISTRO DE LA GUERRA (14 de octubre de 1931-7 de septiembre de 1933).
Con la dimisión de Niceto Alcalá Zamora y de Miguel Maura como Ministro de la Gobernación, siendo sustituido por Santiago Casares Quiroga, Manuel Azaña fue nombrado Jefe del Gobierno provisional de la República, mientras las Cortes Constituyentes ultimaban la Constitución. Pocos días después, el 23 de octubre, el capitán Romero le advirtió de que esa noche se preparaba un golpe de Estado, a cargo de Lerroux y Sanjurjo. Azaña pidió informes y dio instrucciones a su primo, el general Benítez, que mandaba la brigada de Alcalá y a al coronel del 14 Tercio de la Guardia Civil Juncosa, amigo de la infancia. Al final, los rumores fueron infundados, y no se pudo demostrar implicación del Cuerpo en la trama. Como anécdota extraña, refleja en su diario que un diputado de Lugo, al parecer, amigo íntimo de Sanjurjo, le dijo al Ministro Casares que podía contar con los 28.000 hombres que le seguían, que no eran otros, que la Guardia Civil, y que respondía de la lealtad de Sanjurjo. Por lo que ocurrió el 10 de agosto de 1932, el señor Azpiazu se equivocó. También recibió la visita del coronel del 27 Tercio de la Guardia Civil que afirmaba que respondía con su cabeza de la lealtad de su fuerza y que antes se dejaría cortar la mano derecha que envainar la espada contra la República. Por fin, un Jefe de la Guardia Civil que no tenía duda alguna de su deber y que honraba al Cuerpo.
El 3 de diciembre, en una nueva entrevista con Sanjurjo para ofrecerle el cargo del Cuarto Militar del Presidente de la República, el general manifestó estar gustoso de abandonar la Dirección General de la Guardia Civil, que la Guardia Civil le tenía sin cuidado, él nunca había sido Guardia Civil, pero tampoco le gustaba el nuevo destino. Azaña, ante esas palabras, creyó que ya sería fácil destituirle como Director General del Cuerpo. En vista del "gran aprecio" que tenía Sanjurjo a la Benemérita, un cese fulminante habría sido lo más idóneo, pero Manuel Azaña siempre extremaba la prudencia, examinando los pros y los contras, antes de tomar una decisión. Pero si los miembros de la Guardia Civil de aquellos tiempos hubieran escuchado las palabras de Sanjurjo, la escasa moral que aún les quedaba, la hubieran perdido completamente.
El 11 de diciembre, con motivo de la toma de posesión del Presidente de la República, D. Niceto Alcalá Zamora, desfile militar ante el Palacio de Oriente, y en esta ocasión, Azaña anotó que esta vez eran muchos más los aplausos que los pitos, cuando pasó la Guardia Civil. Algo había mejorado.
El 1 de enero de 1932, Casares le comunicó la desagradable noticia del horrible asesinato de cuatro guardias civiles en Castilblanco (Badajoz), a manos del pueblo. Las consecuencias, sospechaba Azaña, iban a ser graves, y quedaba frustrada, de momento, la destitución de Sanjurjo.
En el Consejo de Ministros del 5 de enero, se discutió largamente sobre la Guardia Civil, a consecuencia del suceso de Castilblanco, tras discutir si se fusilaba o no a los culpables. Muchos, sobre todo los obreros, odiaban al Cuerpo, y otros muchos le adoraban, al considerarla única sustentadora del orden social. Y ambas partes, con pasión. Sus enemigos, sobre todo los extremistas republicanos revolucionarios, se quejaban de que era una amenaza para la República y debía ser disuelta o, al menos, reformada, haciendo campaña contra ella y contra Sanjurjo, "sin percatarse del daño que hacen". Sus amigos, monárquicos y partidarios de la dictadura, querían exaltarla, presentándola como despreciada por la República, indefensa y expuesta a ser suprimida para fomentar el descontento y así conseguir que se sublevara contra el Gobierno.
"La Guardia Civil ha sido siempre dura, y lo que es peor, irresponsable.", escribía Azaña. El pueblo, refiriéndose a su impunidad, decía "con un papel, paga". "La Guardia Civil ha servido mucho y bien a la antigua política y sus caciques - la emplearon en asuntos electorales y en cuestiones sociales, aumentaron no sólo su número, sino la frecuencia y la amplitud de sus intervenciones-. En los pueblos pequeños, el jefe del Puesto es un reyezuelo. Y las vejaciones personales son incontables. Todo esto siembra el odio. También lo siembra el mismo uso injustificado de la fuerza, porque los perseguidos no se paran a considerar si se les persigue con razón. Como todo instrumento de fuerza y de represión, no es simpático entre los desgraciados". Estas palabras, que coinciden con lo expuesto al principio de este artículo, fueron pronunciadas por el Presidente del Gobierno de España. Huelgan más comentarios.
"Ahora, desde que ha venido la República, la situación de la Guardia Civil en los pueblos es más crítica, porque son alcaldes y concejales muchos que solían ser las víctimas y los perseguidos habituales de la Guardia Civil, que no se aviene con las nuevas autoridades; también las nuevas autoridades en los pueblos ponen de su parte algo para que la buena armonía se destruya". Palabras parecidas fueron pronunciadas por Sanjurjo y Maura anteriormente, aunque Azaña reconocía que no sólo era culpa de la Guardia Civil. El socialista Francisco Largo Caballero, Ministro de Trabajo, le contó que durante la Dictadura de Primo de Rivera la Guardia Civil se comportó rectamente con los obreros y campesinos y no maltrató a nadie, como solía hacer en tiempo anterior. El motivo fue que unos campesinos de un pueblo de Extremadura, maltratados por los guardias, fueron a Madrid a quejarse y Largo Caballero escribió al general Nouvilas, secretario del Directorio Militar, y éste, tras comprobar los hechos, dio órdenes para que no se repitieran más. Pero, "según el Ministro de Trabajo, desde la llegada de la República, la Guardia Civil ha vuelto a ser brutal. Excesos de autoridad si ha cometido, pero no hay noticia de que haya atormentado a nadie", escribió en su diario y, como se ha podido leer antes y ahora, Azaña no se dejaba llevar por los extremismos.
Aunque también había socialistas que no eran enemigos de la Benemérita, sino todo lo contrario, Julián Besteiro, Presidente de las Cortes de la República dijo: "La Guardia Civil es una máquina admirable. No hay que suprimirla, sino hacer que funcione a favor nuestro". Estas mismas palabras sí se citan en el libro "La Guardia Civil española", puesto que, en verdad, eran muy elogiosas, siempre que no se olvide que esa máquina está compuesta por personas.
Al hablar de Sanjurjo en el Consejo, "a quien los de un bando y de otro se empeñan en convertir en un personaje temible", narró que el general fue a Castilblanco e hizo declaraciones indiscretas e imprudentes sobre la propaganda socialista, acusando a la diputada socialista por Badajoz, Margarita Nelken, y que se debía justicia a la Guardia Civil. Ni siquiera acudió a Badajoz a recibir al Ministro de la Gobernación para asistir al entierro de los guardias. Esto exigía su destitución inmediata, pero Azaña, prudente una vez más, prefirió esperar a que la tormenta se calmase. A lo largo de la historia de la Guardia Civil, se han repetido casos en que los dirigentes del Cuerpo sólo se han preocupado de los guardias cuando morían, pues el mismo Sanjurjo, tan sólo un mes antes, había manifestado al Presidente del Gobierno que la Guardia Civil le tenía sin cuidado.
Como era de esperar, "para calmar los ánimos", dijo con ironía, las desafortunadas declaraciones de Sanjurjo fueron respondidas por los socialistas y extremistas, que justificaban el asesinato de los guardias con la "historia negra" de la Guardia Civil. Margarita Nelken declaró: "¡Quién sabe lo que había pasado antes del suceso!". Se Sospecha que con la "historia negra" de la Guardia Civil se referían a los tiempos en que el Cuerpo no era más que un instrumento que los poderosos utilizaban en su beneficio y contra el pueblo, como dijo anteriormente el propio Manuel Azaña.
Una vez terminado el Consejo y al dirigirse a su despacho, entró inmediatamente Casares y le contó que en Arnedo (La Rioja), la Guardia Civil se enfrentó con el pueblo y mató a 6 u 8 personas. "Esto es lo que nos faltaba", anotó Azaña.
El 6 de enero, Azaña reflejó en su diario la furia de los republicanos y socialistas contra la Guardia Civil por lo de Arnedo. No sabía si el hecho fue debido a la incapacidad de las autoridades locales, a que los Guardias temieron que les iba a ocurrir lo mismo que en Castilblanco (aunque eran 28) o que hubieran querido vengarse o dar un escarmiento por lo ocurrido en el pueblo pacense. "Ahora los enemigos de la Guardia Civil tienen un argumento impresionante".
Tras ser informado por Casares Quiroga de lo que se comentaba sobre la Guardia Civil y su Director General, Azaña decidió que había llegado el momento de reformar el Cuerpo y su reglamento, cosa que ya quiso hacer meses antes a la vez que el Ejército, pero Maura no le ayudó cuando era Ministro de la Gobernación. La idea de Azaña era "descabezar" la Institución, suprimiendo la Dirección General para que una fuerza tan importante no estuviera en manos de una sola persona, y suprimir algunas Unidades por exceso de mandos, al igual que en las Fuerzas Armadas. Pero Maura se opuso, y como era Ministro de la Gobernación, y la Guardia Civil tenía doble dependencia de ese Ministerio y del de la Guerra, Azaña no podía hacer nada sin contar con él. Maura creía que la reforma proyectada por el Ministro de la Guerra iba a disminuir mucho la fuerza, negándose a ella porque "estaba entusiasmado por los servicios que le prestaba". Finalmente, el proyecto quedó aplazado "sine die", aunque Azaña lo dejó en su mesa del Ministerio, sin deshacerse de él.
El 8 de enero, escribió sobre Sanjurjo, quien se hallaba en una situación muy "delicada", por sus recientes declaraciones a la prensa y porque la Guardia Civil, que se sentía maltratada, podría querer utilizar a su Director para "tomar un desquite". Esto lo sabía Azaña, porque estaba informado de que esa idea la tenían presente los Jefes destinados en la Dirección General. Sobre su relevo, al ser las circunstancias distintas a las de hace poco más de un mes, sabía que se sentiría lastimado y además no querría dejar la Guardia Civil cuando más era atacada. Pero Azaña estaba ya decidido "hay que quitar a Sanjurjo de donde está". Recibió en su despacho al general, preguntándole primero sobre cómo estaba el ánimo en el Cuerpo, y el respondió que por un momento temió que la Guardia Civil "saltase por encima de él", pero que ya estaba todo bien, restablecido el orden y la disciplina. Azaña le recordó que su obligación era hacerse obedecer siempre y "a todo evento", para atajar posibles sublevaciones del Cuerpo. Sanjurjo, tras su viaje a Badajoz, le dio cuenta de que en muchos Ayuntamientos socialistas se habían metido "indeseables" que fomentaban el desorden, atemorizaban a los propietarios y causaban daños en las propiedades, motivos por los que tenían que chocar, necesariamente, con la Guardia Civil y creía, además, en la existencia de un plan para exterminar los pequeños Puestos.
El 11 de enero, Azaña escribió que "la cuestión de la Guardia Civil viene pasando estos días por su período inflamatorio". Se temía y esperaba, un golpe del Cuerpo contra la República, o contra el Gobierno. "Se han hecho manifestaciones de simpatía a la Guardia Civil en la Dirección General, y esta oficina es un centro de intrigas. Indudablemente, en la Guardia Civil, hay algunos jefes que aborrecen el sistema actual y que se van de la lengua profiriendo amenazas" (al parecer, la Dirección General no sólo ha sido "centro de intrigas" durante el mandato de Roldán). También recibió informes sobre una supuesta sublevación de la Guardia Civil de Madrid para echar del Gobierno a él y a los socialistas, y que de la Dirección General enviaron pliegos a las Comandancias a recoger firmas de todos los jefes y oficiales, solidarizándose con Sanjurjo. Incluso, sabía que algunos oficiales hacían propaganda entre los guardias, diciéndoles que el Gobierno se proponía disolver el Cuerpo. También supo que el hijo de Sanjurjo, capitán de Infantería, muy influyente sobre su padre, despotricaba contra él en la Dirección General, diciendo si era Azaña lo bastante hombre para destituir a su padre. Su propio hijo y algunos jefes del Cuerpo instigaban a Sanjurjo para que hiciera una barbaridad, pero éste se resistía. Quizá Sanjurjo consideraba que aún no había llegado el momento oportuno.
"En esta situación yo permanezco como un cazador, en un silencio y una inmovilidad absolutos; pero con cien ojos". Algunos le aconsejaban que los aplastase de un golpe, pero Azaña, prudente como se describía a sí mismo al principio de este párrafo, creía que sería un escándalo para la República, y sólo lo haría en caso de "peligro inminente". "Para la autoridad del régimen, tanto daría que la Guardia Civil se insubordinase como que tuviera que sitiarla y desarmarla por la fuerza". Quería evitar un espectáculo como ése, aunque tomó sus precauciones sondeando a los jefes militares de la guarnición de Madrid por si estarían dispuestos a enfrentarse a la Guardia Civil en caso necesario, averiguando que ellos harían lo que les mandase el Gobierno, tan sólo encontrando vacilación en el jefe de aviación de Getafe.
El 18 de enero, nueva entrevista con Sanjurjo a propósito de la "metedura de pata" de un comandante de la Guardia Civil en Valladolid (se ignora en que consistió el hecho), y le dijo: "Alrededor de usted se está haciendo una campaña, sin culpa de usted, que le coloca en una situación difícil". El general afirmó que no hacía caso a los que querían valerse de su nombre, principalmente por no deshonrar al Cuerpo, siempre leal desde que se creó: "Si yo tuviese ganas de hacer algo, antes lo haría con un regimiento que con la Guardia Civil, ya que sí la Guardia Civil hiciese algo y triunfase, el que viniera detrás ya no se fiaría de ella, y la suprimiría". Tenía razón, pues Franco, al finalizar la guerra civil, quiso disolver el Cuerpo, aunque fue disuadido de ello por Alonso Vega. Azaña le recordó que su deber no era desoír a los tentadores, sino acallarlos.
"Y añado que si, en una hipótesis desgraciada, se produjese un movimiento que arrollara al propio general, las consecuencias serían terribles, porque al día siguiente muchos Puestos de la Guardia Civil serían exterminados por esos pueblos, multiplicándose el caso de Castilblanco. (Y ésta es una de las razones, quizá la demás peso, que tengo para no tomar una iniciativa violenta contra la Guardia Civil; en cuanto en los pueblos se enterasen de que el Gobierno la perseguía o la castigaba, se revolverían contra ella, de un modo sangriento)". Esta es la transcripción literal del pensamiento del Presidente del Gobierno de la República, donde revela la razón fundamental para no disolver la Benemérita, razón que vuelve a poner de manifiesto su prudencia y bondad. Se podría interpretar con una paradoja: el odio exacerbado hacia la Guardia Civil la salvó de la disolución. Si los vecinos de los pueblos no sintieran tanta animadversión hacia el Cuerpo, Azaña habría podido tomar una decisión sin correr riesgos, puesto que nadie habría levantado un dedo contra los guardias cuando empezasen a desalojar los Puestos, más bien, en algunas localidades, habría sucedido lo contrario, como ha ocurrido recientemente, en que la Dirección General ha retirado el plan de cierre de cuarteles por la oposición de los pueblos, aunque las circunstancias son bien distintas a las de 1932. No obstante, entre los planes de Azaña, no figuraba la supresión de la Guardia Civil, sino su reforma y, en todo caso, la sustitución por algún Cuerpo similar, pues no iba a quedar desprotegido y abandonado a su suerte el medio rural español. Desgraciadamente, en ningún pasaje de sus diarios dejó escrito nada referente a ello, aparte de la conversación con Maura y las decisiones tomadas tras el golpe de Estado de Sanjurjo el 10 de agosto de 1932.
No obstante, Azaña tenía entre sus informadores de confianza a miembros del Instituto. Entre ellos, un capitán que recorrió las unidades de la Guardia Civil, que concluyó con un "no pasa nada". Sin embargo, en la Dirección General hubo una reunión de Jefes del Cuerpo, presidida por el Subdirector General, el general Benito Pardo, planteándose qué debían hacer, si estaban con o contra el Gobierno. Uno de los presentes le dijo que le correspondía al general pronunciar la palabra decisiva, y éste dijo: "Siempre con el gobierno". Y todos siguieron su opinión. Grave error el de los mandos de la Guardia Civil de esa época, pues va totalmente en contra de la tradición e historia del Cuerpo cuestionar al gobierno legítimo. Un episodio vergonzoso, porque aunque la decisión tomada fue la correcta, nunca debió celebrarse tal reunión.
El 1 de febrero, una vez que se calmaron algo los ánimos, Azaña decretó el traslado de Sanjurjo a la Dirección General de Carabineros, siendo sustituido por el general Cabanellas. A pesar de ello, Sanjurjo le advirtió que el cambio sentaría mal en la Guardia Civil, sin darle más detalles. El 4 de febrero, Cabanellas tomó posesión de la Dirección General de la Guardia Civil.
El 12 de febrero Azaña escribía, quizás con alivio, que no había ocurrido nada por la destitución de Sanjurjo, pese a que un coronel del Cuerpo fue a las unidades "con no sé qué propósito, pero no le hicieron caso". Sólo en el Parque de Automóviles, algunos oficiales protestaron en voz alta. Cabanellas destituyó a dos coroneles de Madrid y a varios oficiales de la Dirección General. "pero no sería extraño que dentro de algún tiempo, tuviésemos una cuestión Cabanellas", decía Azaña, temiendo que aún no se habían acabado los problemas en la Guardia Civil.
En la madrugada del 10 de agosto de 1932, cuando se produjo la sublevación frustrada de Sanjurjo en Madrid y Sevilla, que Azaña relató profusamente en su diario, se ve un episodio heroico protagonizado por la Guardia Civil contra los rebeldes. Nada menos que un pequeño retén de guardias desarmó a 40 ó 50 oficiales uniformados que intentaron apoderarse la Casa de Correos. Como consecuencia de ello, el 12 de agosto, encargó al Subsecretario de la Presidencia que redactase los decretos suprimiendo la Dirección General de Carabineros y disolviendo el 4º Tercio de la Guardia Civil (Sevilla).
El 15 de agosto recibió a Cabanellas, que se hallaba en situación difícil, al parecer, por no cumplir la orden del Ministro de la Gobernación de desarmar a la Guardia Civil de Sevilla, que tuvo que realizarla el Gobernador Civil. Se justificó diciendo que a él no le comunicaron esa orden, pero insistió en su cese, aceptado de inmediato por el Presidente del Gobierno, porque tenía intención de suprimir ya la Dirección General de la Guardia Civil, "especie de castillo roquero independiente, con el que nadie se ha atrevido hasta ahora", y crear la Inspección General de la Guardia Civil, dependiente en todo momento del Ministerio de la Gobernación, nombrando para el cargo al general Bedia. Ese mismo día recibió una carta del comandante de la Guardia Civil Albert, dándole cuenta de los insultos que el Subdirector General del Cuerpo le dirigía cada vez que tenía que entrevistarse con él. "¡Ya, ya! ¡Buenos están todos!, exclamó Azaña en su diario. Una actitud bastante hipócrita la del general Pardo, después de lo que dijo en la reunión con los Jefes del Cuerpo.
El día 19, en Consejo de Ministros, se aprobó el decreto de supresión de la Dirección General y el nombramiento de Bedia como inspector general, un hombre físicamente poco agraciado, el cual manifestó: "Con esta pinta que tengo, creerán que carezco de dotes de mando". Azaña, al enterarse de esas palabras, escribió: "Buena falta van a hacerle. Los caciques y mangoneadores de la Guardia Civil están espantados con la supresión de la Dirección General. Nunca lo hubieran creído". Esta frase también es muy importante, para que se sepa que la etapa de Luis Roldán no ha sido el único caso de corrupción ni de "mangoneo" en la historia de la Guardia Civil.
El 27 de agosto tuvo que ayudar al Ministro de Gobernación con el traspaso de servicios de la suprimida Dirección General de la Guardia Civil. Los Jefes del Cuerpo pretendían implantar en Gobernación el mismo organismo que habían tenido antes. Azaña lo impidió y redactó él mismo el decreto orgánico de la Inspección General, jubilando a muchos y reformando las plantillas.
El 29 de agosto, cinco coroneles de la Guardia Civil de Madrid visitaron al Presidente de la República, D. Niceto Alcalá Zamora, para expresar su lealtad y lamentar lo sucedido en Sevilla con el 4º Tercio. Uno de ellos empezó a hablar mal de Sanjurjo, resultando ser el del 27 Tercio que, según dijo Sanjurjo en prisión, cobró 60.000 ptas. por unirse a la sublevación, y no lo hizo. Pero no se pudo probar su complicidad, ya que ante el juez, Sanjurjo guardaría silencio sobre ello.
El 1 de marzo de 1933, Sanjurjo, preso en El Dueso, manifestó que el motivo de su rebelión fue el haberle destituido como Director General del Cuerpo. Parece increíble que declarara esto quien en diciembre de 1931 dijo que la Guardia Civil le tenía sin cuidado.
El 16 de abril, durante el desfile militar en el Paseo de la Castellana de Madrid, con motivo del 2º aniversario de la República, Azaña anotó en su diario que la Guardia Civil, a su paso, recibió aplausos. "Recuerdo el mal rato que pasamos el día de apertura de Cortes, cuando la silbaron copiosamente. La mañana de hoy ha pasado toda en clamores". Se sentía satisfecho de que el Cuerpo, poco a poco, recuperara la popularidad perdida, siendo un factor importante el no haberse sumado al pronunciamiento de su ex Director General el año anterior, es decir, ser leal al Gobierno, así como a su historia.
El 30 de abril, anotó la observación de que sobre el general Cabanellas "corren rumorcillos sospechosos", quizás por que no le sentó bien su destitución al frente de la Guardia Civil. "Por lo visto, ese cargo, cuando existía, y la destitución consiguiente, llevaban en sí algo de fatídico", en clara alusión a Sanjurjo. La reforma que hizo dio sus frutos y la Institución no volvió a crear problemas a la República hasta la guerra civil. El 8 de septiembre, el Presidente de la República le retiró su confianza por segunda vez, dejando el Gobierno. Pasó a ser diputado de la oposición, interrumpiendo la confección de sus diarios hasta que volvió al poder tras la victoria del Frente Popular en las elecciones del 16 de febrero de 1936.
PRESIDENTE DEL GOBIERNO (19 de febrero-10 de mayo de 1936).
El 19 de febrero de 1936, el día en que se iba a hacer cargo del Gobierno, conoció la noticia de una posible sublevación militar en la que podrían estar implicados los generales Franco y Goded, para impedir la toma del poder por el Frente Popular, que resultó ser falsa. La tarde del día 18, el general Pozas, Inspector general de la Guardia Civil, había informado que Franco, Jefe del Estado Mayor Central, y prácticamente del Ministerio de la Guerra, por ineptitud del Ministro, le había enviado un emisario (el propio yerno de Pozas) invitándole a sumarse, con la Guardia Civil, a dicha rebelión por el bien de la nación. La respuesta, como no podía ser de otra manera fue de repulsa terminante. La Benemérita, leal al gobierno elegido en las urnas, le falló en esta ocasión a Franco y hubo de desistir del complot. El resultado final, al conocer el nuevo Jefe de Gobierno, Azaña, la conjura, fue el destino del futuro dictador a las Islas Canarias y de Goded a las Baleares. Por lo que ocurriría pocos meses después, el castigo no fue suficiente.
PRESIDENTE DE LA REPÚBLICA (11 de mayo de 1936-27 de febrero de 1939).
El 20 de mayo de 1937, Azaña, recordando hechos pasados en su residencia de La Pobleta (Valencia), anota que el Coronel de la Guardia Civil Escobar decidió la victoria republicana contra los sublevados en Barcelona el 19 de julio del año anterior, al ponerse con todas las fuerzas del Cuerpo disponibles a las órdenes de la Generalitat, y luego fue un héroe del bando gubernamental, en los frentes de Madrid y Talavera, siendo herido en combate. La sinceridad que caracteriza al Presidente queda reflejada al reconocer tanto los hechos heroicos como desafortunados protagonizados por nuestra Institución o sus miembros.
CONCLUSIÓN
Hay un dicho: "El pueblo que olvida su historia, está condenado a repetirla". Trasladado a la Guardia Civil, cambiando la palabra "pueblo" por "institución", el caso Roldán ocurrió por no haber tenido en cuenta eso. Nuestro Cuerpo no ha sido un modelo de perfección en su más de siglo y medio de existencia, simplemente, porque siempre ha estado compuesto por seres humanos, por personas que se movían por heroísmo, otras por codicia y otras por tener un trabajo digno para mantener a su familia. La historia oficial del Cuerpo minimiza los errores y magnifica las hazañas, de forma que apenas se encuentran aquéllos, y hace creer que han sido 154 años de sacrificio en cumplimiento del deber y al servicio del pueblo. No siempre fue así, hubo altibajos, hubo corrupción, hubo excesos. Todas las Instituciones, por estar formadas por personas, no han sido siempre perfectas. Tal vez una Asociación como la nuestra hubiera venido muy bien a Manuel Azaña, que conoció bien las interioridades del Cuerpo. Gracias a ello se han sabido estas cosas, algunas sorprendentes, otras desagradables, pero ocurrieron, aunque a algunos no les gusten.
Sin embargo, tras volver a bajar la popularidad del Cuerpo durante los cuarenta años del franquismo, en tan sólo veinte de democracia, ha subido tanto que, según las encuestas, es la Institución más valorada tras la Corona. El motivo es que ha vuelto ser fiel a su historia, pues, problemas internos aparte, es leal al Gobierno y está al servicio del pueblo, que para eso se fundó. Aunque las recientes declaraciones del actual Director General, D. Santiago López Valdivielso, situando al Cuerpo al margen de la democracia, hicieron recordar a muchos la actuación de la Guardia Civil el 23 de febrero de 1981, menos mal que el pueblo no las ha tomado en serio y sigue confiando en la Institución. Pero no se pueden soslayar los problemas a los que se enfrenta en un futuro próximo; debe mejorar para seguir siendo altamente valorada por los españoles, sobre todo, hacerla más humana y cercana al pueblo, puesto que formamos parte de él.
BIBLIOGRAFÍA:
MEMORIAS POLÍTICAS Y DE GUERRA, I Y II. Manuel Azaña. Crítica. Editorial Grijalbo. Barcelona, 1978.
DIARIOS, 1932-1933, "LOS CUADERNOS ROBADOS". Manuel Azaña. Crítica. Editorial Grijalbo Mondadori. Barcelona, 1997.