lunes, 25 de enero de 2021

ESTAMOS EN MANOS DE PSICÓPATAS Y DEMENTES.

 La vida es algo terrible, y tras el telón de lo conocido asoman atisbos de demoníaca verdad que la hacen a veces infinitamente más temible. La ciencia, ya opresiva de por sí con sus estremecedoras revelaciones, puede resultar quizás el definitivo exterminador de las especies humanas – si varias especies somos -, ya que sus reservorios de inesperados horrores no podrían ser soportados por los humanos cerebros en caso de desencadenarse sobre la tierra”. H. P. Lovecraft, 1920.

En efecto, los avances científicos y tecnológicos de los últimos dos siglos han provocado una explosión demográfica que ahora mismo tratan de corregir de la manera más drástica posible: la eliminación de gran parte de la humanidad “sobrante” de aquí al 2030, con la complicidad de gobiernos y medios de manipulación, convencidos de que es la única manera de salvar el planeta, y por eso no cesarán en su empeño.

¿Cómo pueden causar tanta mortandad en “sólo” diez años? Así:

Creando una falsa pandemia a partir de los antígenos respiratorios que llevan siglos conviviendo con nosotros, mutando periódicamente, lo que hace inviable cualquier intento de erradicación, como los que se han llevado a cabo en casi todos los países del mundo: mascarillas faciales, excesiva higiene, distancia social, bloqueos, cierres de actividades y confinamientos.

Las consecuencias de ello derivan en daños a la salud mental de miles de millones de personas, con las consiguientes depresiones, suicidios y debilitamiento del sistema inmune que hace posible que otras enfermedades nos aniquilen. La falta de ganas de vivir se llevará a muchos por delante.

El uso abusivo y prolongado de mascarillas faciales (y ahora nos quieren obligar a portar otras más ajustadas) , que a la larga conlleva una reducción del oxígeno que necesitamos y aumento del dióxido de carbono respirado, con lo cual, habrá más daños neurológicos, más debilitamiento del sistema inmune y la incapacidad y muerte de otros miles de millones de personas.

Las enfermedades que se han dejado de atender en los sistemas sanitarios con el pretexto del coronavirus. Otros millones de muertes.

La pobreza extrema que ha provocado la quiebra de empresas y negocios, causará, o está causando ya, otros tantos innumerables fallecimientos por hambre e inanición.

El uso masivo y obligatorio de supuestas vacunas no suficientemente probadas, experimentales, que dañarán más los sistemas inmunes, con efectos secundarios graves y hasta esterilidad. Más muertes y desplome del número de nacimientos.

Que hagan números los “expertos”, pero yo calculo que se saldrán con la suya si no les paramos antes.

La utilización de la ingeniería genética para producir armas biológicas o exterminadoras de la especie humana, será castigada con la pena de prisión de tres a siete años e inhabilitación especial para empleo o cargo público, profesión u oficio por tiempo de siete a diez años”. Artículo 160.1 del Código Penal vigente en España.

Es de risa que por intentar acabar con la humanidad te condenen a una pena tan leve. Pero sí, eso está escrito en la legislación de este país. Como también lo está que sólo se pueden suspender derechos fundamentales en los estados de excepción y de sitio, que no en el de alarma (Artículo 55 de la Constitución). En este último estado, en el que estamos de forma demasiado prolongada, solo puede haber limitaciones muy justificadas, es decir, que las autoridades las justifiquen, no como ahora, que, por ejemplo, para desplazarnos de un municipio a otro, somos nosotros los que debemos justificarnos con documentos a modo de salvoconductos, como si estuviéramos en guerra. Y los toques de queda ayudan a crear esa sensación. Creo que el estado en el que estamos inmersos ahora es el estado de guerra.

Dicen que lo principal en la vida es tener salud, dinero y amor. No, quien lo dijo quizás daba por descontado que éramos libres. Lo principal en la vida es la LIBERTAD, porque sin ella no tenemos nada, o acabamos perdiéndolo todo.

El dilema principal ahora es que algunas personas queremos vivir y otras muchas solo quieren sobrevivir, de la misma manera que sobreviven las amebas, muchas plantas o el ganado en granjas intensivas. Nos llaman negacionistas porque exigimos la libertad para todos, mientras ellos solo reivindican estar encerrados indefinidamente. ¿Quiénes son los verdaderos negacionistas? Están negando la vida humana, la auténtica vida de seres dotados de conciencia. Para vivir, mejor dicho, sobrevivir yendo de casa al trabajo (el que lo tenga) y del trabajo a casa a engordar y ver televisión, no es necesario ser una persona. ¿Acaso se creen que va a venir una vida mejor después de todo esto? Ya el señor Guillermo Puertas nos anuncia la segunda pandemia más letal, y lo hace sonriendo junto con su esposa, una sonrisa propia de psicópatas criminales. La única manera de parar estos genocidios es detener y juzgar a los que los organizan y a sus colaboradores necesarios. Escuché la voz del viejo calvo que dirige el foro económico mundial, uno de sus cómpices, y es igualita que la de Darth Sidious, el malvado emperador Palpatine de Star Wars. Esta gente sí da miedo y no un virus natural. Porque son capaces de fabricar cualquier patógeno mucho más letal y propagarlo en cuanto encuentren la forma de que no repercuta en ellos o gente de su calaña.

Cuando mi hijo tenía apenas cuatro meses, en la revisión pediátrica, el doctor nos aconsejó vacunarlo contra el rotavirus, que era un patógeno que en los bebés podría causar gastroenteritis graves e incluso letales. El problema fue que eran dos dosis, que costaban en total 150 euros, porque no estaban incluidas en las vacunaciones oficiales de las autoridades sanitarias. En fin, que una familia pobre no podría permitirse ese gasto. Le pusimos esa vacuna y nos quedamos tranquilos, a pesar de ser conscientes que hay muchos niños que no se vacunan de ese virus. Pero como el nuestro estaba protegido, eso no nos importó en absoluto, y no tuvo diarrea grave (quizás bacteriana) hasta los dos años de edad, cuando su organismo era más fuerte y se curó bien. Por eso no puedo entender a los que insisten en vacunarnos a todo bicho viviente, queramos o no. Si yo me vacuno de algo, y quedo protegido de ese algo, ¿Qué coj... me importa que los demás lo hagan o no? Ya no sería mi problema. Hasta ese extremo llega la locura o la psicopatía de mucha gente malvada o descerebrada.

Pero por si dicen que al no vacunarme, me puedo enfermar e ingresar a un hospital saturado, he redactado una declaración jurada por la que me comprometo a no ir a ningún centro sanitario si me afecta el dichoso virus. Es más, ni quiero ir. ¿Han visto que en 2.020 ha muerto más o menos la misma gente que en años anteriores? Está en la estadística oficial del INE. Con todos los que dicen que han muerto por el nuevo virus, parece que, a pesar de no atenderse debidamente otras enfermedades por cancelarse consultas y operaciones, ha fallecido menos gente. Entiendo al que inventó el término “matasanos” para referirse a los médicos.

Hace dos semanas, interpuse una denuncia en el juzgado de guardia contra el gobierno estatal y el autonómico por declarar un estado de alarma basado en una supuesta pandemia originada por un exagerado número de pruebas positivas falsas, lo que nos llevó a una pérdida de derechos y libertades sin parangón en la historia. También he remitido innumerables quejas a medios de comunicación y otros órganos gubernamentales y judiciales, para que empiecen a investigar toda esta crisis extrañamente originada por un virus con una mortalidad inferior al 1 % en caso de mayores de 70 años o personas ya enfermas de otras cosas. Y por qué se han tomado medidas cuyo coste es ya muy superior al de haber reforzado el sistema sanitario.

Quizás es que sí saben el objetivo de todo esto. Tenemos que detenerlos antes de que sea demasiado tarde. Y visto el caso que hacen a toda denuncia y toda información científica y médica que se sale del pensamiento único, sólo cabe luchar con todas nuestras fuerzas.

Ya no quiero vivir viendo como una anciana sale huyendo despavorida de mí cuando me cruzo con ella mientras estoy comprando en el supermercado del barrio, a pesar de portar mi mascarilla obligatoria en ese lugar y estar callado. O escuchar los murmullos de desaprobación de los viejos con los que me cruzo, manteniendo distancia, cuando camino al aire libre, sin mordaza, pero lejos de la gente (Eso es perfectamente legal, pues las normas regionales que contradicen la ley estatal se consideran derogadas). O que en la escuela de mi hijo les regalen mantas por si hace frío y tienen miedo de cerrar las ventanas de las aulas. O no poder celebrar cumpleaños, ni asistir a conciertos, ni al cine, ni a comer en restaurantes, ni viajar, ni bailar, ni abrazar a nadie, o no ver las caras o las sonrisas de la gente, o que te ofrezcan el codo cuando les vas a dar la mano...

La sociedad “idílica” que nos tienen planeada desde su agenda 2030 es la que estamos soportando ahora, pero con menos población en el mundo. Mejor morir oponiéndose a ella que ser esclavos aburridos y amordazados de por vida.