LO QUE NUNCA DEBE HACER UN ABOGADO.
No hace mucho, tras ver en mi correo electrónico la circular de los
servicios jurídicos de la Asociación a la que pertenecía, me
decidí a escribir a mi delegación. Me respondieron que lo
consultara al correo electrónico del abogado.
Hice la consulta que es la prueba principal de mis pretensiones. El
abogado respondió citándome en su despacho. Y le expuse exactamente
lo mismo que consulté, añadiendo los documentos necesarios. Parece
que creyó en la justicia de mi petición y ante mis dudas por si
estaba muy ocupado con la Asociación, dijo que podía hacerse cargo
de la demanda. Fue su primera mentira.
Sí era un abogado muy ocupado, pues cada dos semanas yo llamaba y
me decía que aún no había podido, hasta que casi dos meses después
le remití un e-mail, apremiándole para que presentase la demanda,
que el tiempo corría en mi contra. Mi paciencia se agotó y le
ofrecí que pasara el trabajo a algún colega suyo que sí pudiera
hacerse cargo. Respondió que la presentaba de inmediato. La hizo
deprisa y corriendo ese mismo día. No me envió antes una copia para
que la revisara su cliente, algo por desgracia habitual en muchos
abogados.
Cuando todo empezó a ir mal fue a al recibir una llamada de la
parte demandada, porque en la demanda se basaba en una mentira. Le
respondí que no podía ser cierto, que se habría equivocado el
abogado, pero al parecer no me creyó. Tampoco quise creerle a ella,
me constaba que me había engañado en el pasado. Pero mi confianza
en el abogado seguía siendo tan ciega que cuando se me ofreció
negociar un acuerdo, me negué, creyendo que era porque la demanda
estaba tan bien hecha que la habíamos intimidado. Como no quedé
tranquilo, telefoneé al letrado y le pregunté si en la demanda
había puesto esa mentira y me
respondió que no, que la demanda fue redactada como acordamos
(y yo me basé en el e-mail que inició todo). Pero de esta
conversación no quedó, por desgracia, constancia escrita. Para
salir de dudas, semanas después, por correo electrónico, solicité
al abogado la copia de la demanda. Y no me respondió. Pensé que
otra vez estaba muy ocupado. Volví a pedírsela en otro e-mail que
tampoco obtuvo respuesta. Ya empezaba a inquietarme ¿Por qué no me
la enviaba? Tuve que recurrir a la procuradora. Y aquí fue cuando
supe ya que nos iban a destrozar en el juicio. Y ya no podía hacer
mucho. Echarse atrás cuando había fecha de juicio también iba a
generar un gasto importante en costas.
Comprobé que la demanda, hecha a toda prisa, no tenía nada que
nada que ver con lo que acordamos. Errores impropios de profesionales
del Derecho además de la flagrante mentira. ¿Por
qué tuvo la temeridad de afirmar con seguridad tal dato sin prueba
ni indicio alguno? Luego, fijaba plazos sin justificación alguna y,
lo peor, exigiendo que la otra parte pagara las costas. Y, por
último, yo creía que era el demandante el que debía aportar los
documentos que probaran sus peticiones (y así debe ser), para no
incurrir en temeridad. Fácilmente, la parte demandada demostró la
mentira.
A pesar de ello, pensé que algún
as bajo la manga debía guardar el abogado. Esto no podía ser
posible. No podía ser tan negligente. Sin embargo, cuando pude
hablar telefónicamente con él de ello, le restó importancia. Me
habló de que había recibido la contestación a la demanda y
podíamos ganar. Siempre tan ocupado (el que decía que tenía
tiempo), terminó la conversación citándome en su despacho solo
para la semana anterior al juicio para prepararlo. Le pregunté si el
haber mentido así nos iba a perjudicar. Y, con su exultante
seguridad en sí mismo, respondió que no, que eso era “irrelevante”
(me ha hecho odiar esa palabra), que en la contestación a la demanda
él veía un motivo que nos serviría para ganar. Le hacía sentir a
uno como un tonto por haber dudado de su competencia. Me convenció
de que el Juzgado no tendría en cuenta la mentira, pero yo seguía
sin conciliar el sueño y más cuando pude echar un vistazo a la
contestación de la demanda que me entregó al salir de su oficina.
Por supuesto, si uno miente, la otra parte suele defenderse con
mentiras también. Todas ellas yo las podía rebatir y demostrar. Se
lo comenté al abogado antes de entrar a la sala del juicio, para ver
si se podía contrarrestar nuestra (su) mentira con las de la otra
parte, pero no me prestó atención. También le pregunté qué debía
hacer si el juez me interrogara sobre por qué mentimos (mintió).
Tan sólo me dijo que no me iban a tomar declaración. Parecía
tranquilo. Una vez en pleno juicio, la abogada de la otra parte dijo,
con toda la razón, que si lo que demandamos hubiera sido cierto, la
demanda hubiera sido innecesaria. Y el abogado ni respondió ni
rebatió las otras afirmaciones falsas. Vi la cosa tan mal, que
estuve a punto de pedir la palabra pero, con un gesto, me disuadió.
No debí haberle hecho caso. Debí haber roto el silencio antes de
que se hubiera consumado el desatino. Pero a uno le enseñan,
erróneamente en este caso, a obedecer a su abogado, que se supone
que sabe lo que hace.
Extrañamente para mí, él salió del juicio tranquilo. Con prisa,
porque dijo que tenía otro asunto urgente que atender (cómo me
engañó cuando me dijo que no estaba tan ocupado con la Asociación).
Sólo quedaba esperar la sentencia y me la comunicó por teléfono.
Aparentemente apesadumbrado, despotricando contra el juez, me dijo
que habíamos perdido y además nos habían condenado a pagar las
costas. Antes de despedirse, me pidió que le mandara un mensaje
escrito si quería renunciar a apelar ante la Audiencia Provincial.
Por supuesto que renuncié, no quería pagar más costas ni ser
condenado otra vez. También le pedía copia de la sentencia.
Nuevamente, caso omiso, y tuve que recurrir a la procuradora. La
sentencia confirmó mis peores presentimientos. Y el pago de las
costas, el peor, confirmó el efecto “boomerang” de lo que expuse
anteriormente.
En conclusión, los tribunales sancionan duramente la afirmaciones
falsas, lo que contribuyó a una sentencia con imposición de costas.
Si el abogado hubiera hecho caso a lo que el cliente le pedía desde
el principio, sustentado en otras sentencias favorables de otros
tribunales, al menos se habrían generado las dudas suficientes como
para que el juez hubiera estimado parcialmente la demanda o, en el
caso de no estimarla, no imponer las costas.
Y viendo que el importe de la imposición de costas era más elevado
que la minuta de honorarios que me solicitaba el denunciado,
consideré que ya debía pagar más de lo que me correspondería si
hubiera iniciado el proceso como debía ser, con la verdad, con las
dudas ya expuestas. Costas, por otra parte, que sólo me fueron
comunicadas después de haber procedido al embargo de mi cuenta
bancaria y que me obligó a pagar muchos más intereses. Tampoco pude
oponerme a la ejecución de costas, porque me quedé sin dinero para
otro letrado y procuradora. También quedó seriamente dañada mi
credibilidad (y mi economía) a la hora de pensar siquiera en el
futuro en otra demanda.
Mi indignación cuando vi mi cuenta embargada por sorpresa fue tal
que le escribí un correo electrónico quejándome amargamente de su
pésimo trabajo, y no sólo no lo reconoció, sino que respondió con
que eran infundios y me envió la minuta de honorarios a toda prisa
(me facturó lo máximo permitido por el Colegio de Abogados, sin
descuento alguno por ser socio). Eso prueba que se había olvidado
tan por completo de mí, que hasta ni se acordó de sus honorarios
(la procuradora me informó por e-mail que había trasladado al
abogado el decreto de tasación de costas cuatro meses antes). En
anteriores demandas con otros abogados nunca tuve discrepancias, me
tuvieron en cuenta y, aunque las perdí, nunca hubo imposición de
costas en mi contra.
Al día siguiente, le ofrecí el acuerdo (sin disimulo, claramente)
de olvidarnos del asunto y considerase que ya había pagado mi parte
de culpa (por confiar en él) con la imposición de costas, que no
realizara jura de cuentas ni yo me quejaría al Colegio de Abogados,
y quedásemos en paz (aún yo ignoraba que la ejecución de costas me
iba a costar muchos euros más para mi maltrecha economía). Yo le
estaba dando una sencilla oportunidad de rectificar sus errores. Pero
ni siquiera respondió. De todas formas, estas conversaciones
quedaron registradas. Posteriormente, por burofax, también le dí la
oportunidad de que diera parte a su seguro de responsabilidad civil
que cubre las negligencias profesionales, pero tampoco hubo
respuesta.
Y
siguió en su soberbia, diciendo al secretario jurídico de la
Asociación, la primera persona a la que pedí mediación (porque en
la página web de la Asociación dice que “Letrados
contratados en exclusividad por cada Delegación garantizan un
servicio de asistencia de calidad”,
sin especificar entre temas profesionales y privados), que era un
asunto privado entre él y yo, y que había actuado “correctamente”.
Y con esa tajante respuesta, se olvidaron del asunto, sin molestarse
más en investigar el hecho. A la vista está que no hizo nada
correcto conmigo. Y debido al hecho de trabajar con la Asociación
confié ciegamente en él hasta que ya fue demasiado tarde. Al igual
que muchos estafadores engañan a sus víctimas haciendo creer que
actúan con el respaldo de una empresa o entidad conocida y solvente,
éste venía avalado por las siglas de la Asociación.
Si
afirmó que hizo lo correcto, ¿Por qué me amenazó con “ejercer
acciones legales ante la eventual publicidad de mis afirmaciones”?
¿Por qué no pudo resistir a mofarse de mí con “por
mucho que lo digas no se hará realidad”
cuando me estaba quejando al juzgado de que no me notificó el
decreto de tasación de costas? ¿Por qué me mandó un SMS
acusándome de tener yo “poca
vergüenza”
ya que dice que me avisó
“de todo”?
Si me avisó de todo, ¿Por qué no me reenvió ese decreto de las
costas cuando se lo solicité inmediatamente después del mensaje
suyo? ¿Por qué tuvo la desfachatez (o la ignorancia impropia de un
letrado) de querer asistirme, y “minutar” por ello, en la
ejecución de costas iniciada por su grave descuido?
El juzgado, al resolver la jura de cuentas, no tuvo en cuenta
ninguna de las pruebas presentadas por mí, ni siquiera mi petición
de registros telefónico y de e-mail para demostrar que el abogado
nunca contactó conmigo para el pago de costas (yo vivía a más de
100 km. de su despacho en esas fechas, me tenía que avisar antes
para notificarme o entregarme algo). El abogado afirma increíblemente
que me entregó en mano todos los documentos que le solicité (ahí
está la procuradora y mis correos electrónicos para atestiguar que
no fue así, pero nadie le preguntó) y encima el abogado me acusó
de un delito de extorsión (aún no sé el motivo) que le dijeron que
lo denunciara aparte. Es decir, no solo se equivoca varias veces,
sino que arremete contra su cliente para perjudicarle aún más. Y el
juzgado de instrucción archivó mi denuncia penal seguramente por no
contradecir a su vecino de 1ª instancia, a pesar de que otro juzgado
ordenara la apertura de diligencias previas. No se hizo ninguna. Se
me culpaba a mí y a la procuradora de la ausencia de notificaciones
y se mantuvo silencio absoluto sobre las mentiras del denunciado, que
parece que está muy bien relacionado.
El Colegio de Abogados, igual de corporativista, se fue por los
cerros de Úbeda al acusarme, principalmente, de querer fiscalizar la
tarea del abogado que, insiste, “es libre e independiente”. Pues
si yo hubiera fiscalizado su tarea, no habría pasado todo esto. Yo
hubiera prescindido de sus servicios a tiempo si no me hubiera
engañado. Y la libertad e independencia del abogado tiene su límite
en el código deontológico, porque no se puede mentir sin
conocimiento ni consentimiento del cliente. Quizás no quisieron
investigar ni profundizar en el caso, ni ver las pruebas remitidas ni
solicitar las que yo pedía, porque el resultado de ello no iba a ser
nada favorable para su colega. Y el corporativismo es una forma más
de corrupción.
Todo lo expuesto demuestra que el abogado ha actuado primero de
forma negligente y luego propia de un psicópata (según la
definición criminológica) al arremeter contra su mí, su cliente y
víctima, acusándome de mentiroso, voluble y embustero para no
reconocer sus numerosos errores. Me hundió a pesar de saber
perfectamente que estaba errando. Ha corrompido claramente los
valores de su profesión y los de la Asociación. Y los dirigentes de
la Asociación desatendieron mis súplicas de ayuda, ni siquiera se
han dignado investigar el hecho, ni a acompañarme a su despacho a
recuperar mis documentos personales que aún están en su poder. Y
esta Asociación recibió el Premio Nacional de Derechos Humanos...
ASÍ NO DEBE ACTUAR NUNCA NINGÚN ABOGADO.
NI NINGUNA INSTITUCIÓN DEBE PROTEGER O AMPARAR ESA CONDUCTA.