“Nunca
antes murieron tantos para salvar a tan pocos”. Esta escueta
oración se le ocurrirá, dentro de unos años, a algún estadista
para sintetizar en una sola frase lo ocurrido este año 2020. Ahora a
mí me cuesta mucho describir con palabras lo que está ocurriendo,
porque el sentido común ha desaparecido por completo de la mayoría
de la especie humana y va hacia el suicidio colectivo como especie, o
quizás es lo que buscan unos pocos escogidos para quedarse con el
planeta a sus anchas. Es la única explicación racional, que no
ética, que se me ocurre en estos momentos.
Según
las informaciones oficiales y de los medios de comunicación de masas
(en adelante, los denominaré medios de manipulación), todo
empezó con otro virus originado en China, otro más en el único
país del mundo que ha aplicado un estricto control de natalidad con
fatales consecuencias para el equilibrio natural de ambos sexos, y
que en el futuro podría culminar en violentas revueltas sociales si
no se corrige a tiempo. Un virus que se extendió
de repente muy rápidamente tras un periodo de escasa transmisión, y
así fue en casi todos los demás países, pero que con el tiempo fue
a menos en lo que a mortalidad se refiere, que es lo principal en lo que
hay que fijarse en la actividad de un virus. Y como esta cada vez es
menor, entonces los medios de manipulación nos hablan de secuelas
graves y permanentes con el fin de seguir manteniendo el pánico
entre la población. No dicen que la probabilidad de muerte o
secuelas graves es tan mínima que es más fácil para cualquiera
morir antes de otra enfermedad o accidente. Y es increíble que casi
nadie preste atención a esta certeza. ¿Por qué tanto pánico a
este virus? Por el poder de los medios de manipulación para dominar
las mentes de una inmensa mayoría de personas. Y los gobiernos no se
quedaron atrás en esta difusión del pánico con el espantoso
confinamiento al que sometieron a toda su población y a las
subsiguientes medidas absurdas que impusieron después con el
distanciamiento social, mascarillas y cierre de muchas, casi todas,
las actividades humanas en grupo.
Lo
que está pasando hoy en día no lo hubiera imaginado ningún autor
de ciencia ficción nunca, estamos viviendo una distopía, una
pesadilla y lo peor es que muchos no se están dando cuenta de lo que
está pasando. Mi opinión, y ojalá me equivoque, es que al sistema
ya le sobran muchas personas y tiene que reducir la población
mundial drásticamente. Ni siquiera una guerra mundial convencional
(porque la nuclear no dejaría planeta para nadie) les es suficiente
para el número de personas al que desean llegar para alejar el
peligro del colapso global por el agotamiento de recursos de La
Tierra. El utilizar oportunamente un virus como este, similar al del
resfriado común en cuanto a su detección y síntomas principales,
que parece contagiar a mucha gente muy rápidamente pero sin causar
una letalidad importante, les ha servido para causar un pánico
generalizado, pero controlado. En el caso de que hubiera sido muy
letal, el pánico descontrolado hubiera provocado que la situación
se les fuera de las manos y acabaría en un apocalipsis. Eso no lo
querían, por supuesto. En vez de eso, el Estado profundo (¿De qué
se sorprenden? Si hay Internet profundo, la “deep web”, pues
claro que hay alguien detrás de los gobiernos visibles) logró
“convencer” a los Estados para aplicar medidas que recomendaban
algunos epidemiólogos, mientras ignoraban y vilipendiaban a otros,
como las que ya estamos viviendo y que son las que acaban con el ser
humano como ser social. Desde que los Estados se financian más con
deuda que por impuestos, se deben a sus acreedores y no a los
ciudadanos, por lo que fue fácil regular que casi todo el mundo
empezara con largos confinamientos nunca vistos de gente sana, con
mascarillas obligatorias en todo momento sin saber para nada las
consecuencias a medio y largo plazo del uso prolongado de las mismas,
y con distanciamiento social incluso entre la propia familia y amigos
íntimos, además de condenar a muchos millones de personas a padecer
hambre y depresiones al suspender todo evento o reunión social y, lo
peor, el cierre de las escuelas. Un ejemplo claro del poder del
Estado profundo es EE.UU. Y Brasil. En ambos países sus presidentes
se negaron a aplicar las medidas de aislamiento y confinamiento e
increíblemente fueron ignorados y relegados. Algo nunca visto. Trump
y Bolsonaro cometieron muchos errores, pero en lo único en que
estaban acertados, fueron rebasados por el Estado profundo sin
miramientos, incluso lograron que el “hombre más poderoso de la
Tierra” fuera filmado en público con una mascarilla puesta sin
necesidad, pues no tenía a nadie cerca, con tal de humillarle y
demostrar quienes realmente mandan en el planeta.
Y
lo que empezó con algo temporal, y hubiera sido más soportable si
así lo hubiera sido, se ha convertido en algo permanente llamado
“nueva normalidad”, porque no se nos dice cuándo acabará esta
locura, e incluso se vuelven a hacer obligatorias restricciones como
la mascarilla en todo momento cuando el número de hospitalizados y
fallecidos diarios ya es menor que el de otras enfermedades. Cuánto
más se debilita el virus, más opresión sufrimos. Y, como borregos,
muchos lo han aceptado, eso es lo que más me sorprende. Incluso
critican e insultan salvajemente al que se atreve a cuestionar la
versión oficial, de por sí ya bastante confusa y contradictoria
desde los primeros momentos. Yo dejé de preocuparme por el virus
cuando supe la letalidad en los niños. Bien, pues a esos borregos
obedientes, yo, uno que trabajó para el gobierno bastantes años,
les digo que el gobierno siempre miente, que sus intereses no son en
absoluto los del pueblo salvo en el breve periodo electoral en el que
fingen que van a cumplir sus promesas. Y que no esperen que sus
mentes aguanten tantos meses o años viviendo de esta forma, porque
la ansiedad y la depresión inevitablemente afectarán a muchos
millones que acabarán, como yo ahora, deseando la muerte como salida
de esta vida que no es vida, es solamente pura supervivencia y vivir
no solo es sobrevivir, al menos para los seres vivos dotados con
capacidad de raciocinio y conciencia de sí mismos. Tan solo podrán
sobrevivir los que conozcan el plan porque ellos sí saben cuándo
acabará esta crisis y además viven en lugares apacibles y lejos de
donde se hacina cada vez más la población. Poder vislumbrar cuándo
acabará algo es lo que nos hace mantener una esperanza, y ahora no
sabemos cuándo terminará esta pesadilla. Algunos dicen que cuándo
lleguen las vacunas, pero es que tampoco sabemos cuándo llegarán ni
en qué condiciones pues los medios de manipulación sacan a diario
informaciones contradictorias sobre ello. Por ejemplo, al principio
se anunciaba una cooperación global entre todos los países para
llegar antes a la vacuna, y ahora vemos que se trata de una carrera a
ver que farmacéutica lo consigue antes que otra y se forra, aunque
tenga que denunciar espionaje industrial como acaban de acusar a
China. Si toda información de interés para la vacuna debía
compartirse por el bien de la humanidad, nadie tendría que espiar a
nadie. Y una de las causas principales por las que no les interesa la
inmunidad de grupo, es que cada nuevo contagiado es un cliente menos
para adquirir la vacuna. Y sí, aunque en algunos países tu gobierno
te la ofrezca gratuita, antes se la ha comprado a una farmacéutica
por mucho dinero que viene de tus impuestos y endeudándose más.
Soy
una persona introvertida, poco sociable ya por las circunstancias
adversas que he vivido estos últimos veinte años, me gustan muy
poco las reuniones sociales, nada las salidas nocturnas y mucho menos
el consumo de drogas legales o ilegales. Acostumbro a salir poco de
mi casa, y aún así, el confinamiento y todas las restricciones y
prohibiciones me han afectado mucho hasta el punto que me quitaron
las pocas ganas que tenía de vivir. No me asusta la muerte, tengo
más de cincuenta años y ya he hecho todo lo importante que se tiene
que hacer en la vida. Tengo hijos, pero ya no puedo hacer nada por
ellos, el Estado me ha quitado toda posibilidad de ayudarles a
soportar los males de la vida. Pues si esto me ha afectado a mí,
como acabo de afirmar, ¿Cómo lo hará en personas más jóvenes,
extravertidas y sociables? Supongo que durante un tiempo ocultarán
las cifras de suicidios, drogadicciones y depresiones en jóvenes y
niños, hasta que el número sea tan alto que sea imposible. O no.
Quizá lo consigan, porque todo ha cambiado tanto que no puedo
aventurar nada.
En
el pasado se calificó también de antivacunas a médicos y otras
personas que en realidad no cuestionaban las vacunas sino el negocio
que las farmacéuticas empezaron a hacer de esa necesidad,
arrebatándoselas a los Estados del bienestar que ya están en
proceso de extinción, alterando su composición para ahorrarse
costos de producción o tener más beneficios, lo que causa graves
efectos secundarios en algunos niños, sus principales destinatarios.
Ahora se incluye en este grupo a los que nos oponemos al alarmismo y
pánico injustificado que han provocado con este virus, llamándonos
negacionistas. Etiquetar a la gente es otra forma de ningunearla, de
ignorarla o despreciarla. Hay reputados médicos y epidemiólogos que
opinan como yo, y ellos saben más del asunto. Tan solo tenemos que
buscarlos e informarnos y llegar a la conclusión más lógica. Nos
estamos suicidando como sociedad solo para tratar de erradicar el
catarro. Nos estamos fiando de algunos epidemiólogos que son muy
especializados en lo suyo e ignorantes en otros muchos campos, sobre
todo en psicología. La especialización es la muerte del
conocimiento. Al principio de la crisis, los medios de manipulación
entrevistaron a algunos psicólogos, pero como no les interesaba lo
que decían porque iba en contra de la doctrina oficial, ya no
aparecieron más.
Miren
a su alrededor, a su familia, conocidos. Mis hermanos y sus amigos,
que viven en Madrid y les pilló la explosión inicial del virus en
plena capital, y tres de ellos teniendo que ir a trabajar en
transporte público, no se han infectado. El único positivo (qué
triste ver cómo han transformado una palabra optimista en algo malo)
ha sido mi abuela de 102 años ingresada en una residencia porque ya
no puede valerse por sí misma, detectado en una prueba que se hizo a
todos los ancianos y sin ningún síntoma. En otro país, un familiar
de 65 años está postrado en una cama sin poder moverse apenas, con
pañales y dándole de comer como a un bebé porque hace tres meses
su sistema sanitario decidió que su operación de hernia discal no
era urgente por la crisis de este virus. Hay otras muchas cosas que
matan a la gente, pero ya no importan.
Tras
más de siete meses de existencia, el virus ya no llega a contagiar a
tantas personas en el mundo como el de la gripe ¿Por qué no
informan de ello? En vez de eso, se inflan las cifras de mortalidad
al calificar como muerte por coronavirus a casos sospechosos de los
cuales no se hace autopsia. O de la famosa prueba PCR que es tan
fiable que detecta como positivo a cualquier otro virus del numeroso
grupo de los coronavirus. Y ya solo informan de los contagiados por
esta prueba, con escasos ingresos hospitalarios. Son tantas
informaciones falsas, incompletas y contradictorias que cualquiera
con dos dedos de frente se tiene que preguntar cómo hemos llegado
hasta aquí. Y lo que nos queda como no reaccionemos y nos plantemos.
Sobre todo, los jóvenes y los pobres, que son los que más tienen
que perder.
Lo
de las mascarillas es de escándalo. Ni siquiera la corrupta OMS
obliga a su uso continuado, y aquí en España nos hemos convertido
en el primer país del mundo en obligar a su uso en todo momento (con
todas las comunidades autónomas infantilmente en cascada regulando
su uso), de forma que se ven estampas ridículas como ver gente por
medio del bosque o en lugares solitarios con ella puesta... Al margen
de los efectos en la salud física por su uso prolongado (que los
habrá, porque es antinatural respirar de modo continuado con eso en
la cara, no fuimos diseñados para respirar así), sus efectos en la
salud psicológica son devastadores, porque con ella puesta nunca
puedes dejar de pensar en esta locura o, como yo, tener ansiedad al
ponérmela y luego salir y ver a todo el mundo con la cara cubierta.
Por eso salgo lo menos posible, no soporto ver tantas mascarillas
usadas sólo por decisión política y no sanitaria. Tanta gente
tapada es una estampa deprimente, algunos sufriendo pero temiendo las
multas o las broncas de otros que las llevan orgullosamente como
buenos miembros del obediente rebaño (“Ponte la puta mascarilla”
dicen cuando se les acaban los pocos argumentos que tienen). Un medio
de manipulación acaba de publicar que los que no queremos llevar
mascarilla somos psicópatas y narcisistas. Tremendo. Y los que no
queremos llevarla ni que las lleve nadie, ¿Qué somos? ¿Genocidas?
Quizá es un modo de hacernos salir menos de casa. Con tantas
restricciones y críticas (en redes sociales se lanzan ferozmente a
por el que se sienta en la terraza de un bar, se va de vacaciones o
quiere disfrutar de un espectáculo), a muchos se nos quitan las
ganas de salir, no ya de vivir, que también. Porque esto no es
vivir, no es soportable en el tiempo, y así conseguirán su objetivo
de reducir drásticamente la población mundial, ya que es fácil
matar a quien ya no desea vivir.
Muchas
veces veo las noticias no para confirmar mis temores, sino para
intentar encontrar una señal de que esto va a acabar alguna vez,
algo que nos dé esperanza. Es en vano. En los comentarios de esas
informaciones, leo que algunos nos llaman homicidas. El principal
argumento de los gobiernos y los medios de manipulación es apelar a
los remordimientos de conciencia que sentiríamos si por no seguir
sus normas y prohibiciones, contraigamos el virus de forma
asintomática y luego contagiemos a alguien vulnerable y causemos su
muerte. Matamos a alguien casi sin mover un dedo. Por temor a esa
posibilidad, consiguen llevarnos dócilmente al matadero o donde
ellos quieran. Pero los verdaderos homicidas son la mayoría de los
gobiernos mundiales que, en vez de reforzar realmente el sistema
sanitario para afrontar epidemias, se han dedicado de forma unánime
a castigar a toda la población, sana o enferma, sabiendo de antemano
que con ello están ya agravando y provocando más enfermedades y
muertes que por el mismo virus. ¿A quién beneficia esto? Ya hemos
visto que este virus no distingue entre ricos y pobres, pero las
medidas tomadas para su erradicación causarán más fallecidos por
hambre y falta de cuidados médicos, y estas cosas no afectan a los
poderosos, a ellos nunca les faltará comida ni atención médica. En
realidad, estamos protegiendo a los ricos en vez de a los llamados
vulnerables o personas de riesgo. Los pobres, como siempre, no
importan.
También
nos llaman irresponsables y cobardes. Y es paradójico, porque somos
personas con sentido común que aceptamos el riesgo, bastante bajo,
de morir por el virus antes que seguir sometidos a unas rigurosas
medidas, sin una base científica consensuada, que están llevando a
la civilización de camino al precipicio. Queremos salvar la
sociedad, y claro que queremos que cambie, pero a mejor, a una más
justa e igualitaria pero día a día comprobamos que vamos por el
sendero contrario.
También
leo que una dirigente de una comunidad autónoma anuncia un día la
creación de un documento para que los que hayan pasado la enfermedad
y no sean contagiosos puedan, lógicamente, hacer una vida más o
menos normal. Casi inmediatamente, al día siguiente, su
vicepresidente la desmiente y afirma que no habrá “privilegios”
para nadie (como si los ricos y los políticos no los tuvieran). De
forma absurda, gente que ya no es contagiosa debe seguir usando
mascarillas que ya no necesitan. Yo pienso que la verdadera razón de
no hacerlo es que ese documento animaría a muchas personas, hartas
del estrés que supone tener un microbio al acecho todo el tiempo, se
animarían a buscar la inmunidad de grupo y, con ello, cargarse el
negocio de las vacunas.
Y
los medios de manipulación siguen alarmando y atacando a la
infancia, publicando estudios que afirman ahora que los menores de 5
años pueden ser peligrosos por tener una gran carga viral. Es
patético. Menos mal que muy pocos saben leer a esas edades.
Aún
cuando ya vemos muchos menos ingresos hospitalarios y fallecidos,
sigue habiendo muchos padres y profesores histéricos y presas del
pánico que tienen miedo de lo que ocurrirá cuando empiece el
siguiente curso escolar. La ministra de educación tajantemente dice
que debe ser presencial, que es lo mejor para los niños. En algo
estoy de acuerdo con un miembro del gobierno, y no es porque la
escuela sea el mejor lugar para aprender, sino porque hoy por hoy es
el mejor lugar para que socialicen los niños por culpa de la
inseguridad de las ciudades. Sin embargo muchos no quieren llevarlos
a la escuela e incluso algunos sugieren que vayan con mascarilla y
distanciamiento. Inaudito. Cinco horas seguidas con una mascarilla
puesta los niños y sin poder acercarse a sus amigos. ¿Se puede ser
más cruel? ¿Esos padres no se estarán preocupando más por su
propia salud que por la de sus hijos? Yo moriría para que mi hijo
pequeño sea feliz. De hecho, el único y delgado hilo que mantiene
la poca cordura que me queda es él. Tengo otra hija mayor,
psicóloga, pero ya no me necesita constantemente y su felicidad ya
no depende de mi existencia, ni desgraciadamente puedo hacer nada
para que se sienta mejor con todo lo que sé del mundo.
Antaño
cuando había una catástrofe siempre se decía que había que salvar
a las mujeres y los niños primero. Puro sentido común. Ahora quién
sabe cuántos millones de niños estamos afectando para salvar a unos
miles de ancianos, muchos de los cuales a punto de llegar al final de
sus vidas o, como yo y otros más mayores, que se niegan a vivir de
esta manera en esta “nueva normalidad” y no quieren ser salvados
a este precio. Los medios de manipulación cargan contra los jóvenes
que salen a lo que deben hacer, socializar, y que luego regresen y
contagien a sus padres y abuelos. ¿Acaso no saben que esos jóvenes
cuentan con el beneplácito de sus mayores porque desean que sus
hijos y nietos tengan unas vidas normales y plenas? Como el gobierno
de Canarias, que utilizó la televisión pública para emitir un
anuncio en el que un anciano celebra su cumpleaños felizmente en
familia y acaba en la UCI de un hospital. Si hubiera sido presa del
pánico nunca se habría reunido con su familia y podría haber
muerto por causas naturales debido a la edad, solo, tras meses sin
relacionarse con los suyos. Prefirió ser feliz y vivir bien sus
últimos años, no encerrado muerto de miedo. Estos medios de
manipulación ya no informan, sino juzgan, critican sin saber. Son
cómplices de los gobiernos en un monstruoso crimen contra la
infancia, por los millones de niños y jóvenes que enfermarán y
morirán por culpa de esta locura colectiva. No niego que es un virus
que enferma y mata a algunas personas, pero la respuesta histérica a
él ya está matando a muchas otras de las que no se informa y matará
a muchas más en el futuro (quizás esa sea la verdadera intención).
La contaminación mata a mucha más gente que el virus, pero no se
toman drásticas medidas contra ella porque podrían causar más caos
en las urbes. Que les mate la polución es el precio que algunos
tienen que pagar por vivir en ciudades en las que disponemos de más
ofertas de alimentación, ocio, sanidad, educación y cualquier otro
servicio que en las zonas rurales. El cáncer mata a más personas
sin distinguir entre niños y adultos y no por ello renunciamos a
drogas legales y alimentos o ambientes cancerígenos. Corremos ese
riesgo para no dejar de disfrutar de algunos placeres de la vida. Si
nos toca, nos resignamos a sufrir tanto la enfermedad como el penoso
tratamiento, o la muerte si llega. ¿Por qué con este virus menos
letal no ha sido así? No lo comprendo. Se ha manipulado muy bien a
casi todo el mundo.
Por
no hablar de las consecuencias en países pobres, donde los
confinamientos y restricciones sociales y sanitarias van a causar
millones de muertos a medio y largo plazo. Y tampoco lo digo yo, lo
dice la OMS. Lo que dije al principio no es exageración, será una
certeza si no los paramos. Nuestro enemigo es invisible, pero no es
precisamente el virus.
Antes
muchos morían luchando por la libertad. Daban la vida sin pensárselo
dos veces antes que vivir esclavizados. Ahora una inmensa mayoría de
gente vive esta crisis engañada y manipulada, porque ellos, con
soportar indefinidamente esta “nueva normalidad”, que no es otra
cosa que vivir sin libertad, creen que son los héroes que salvarán
al mundo de un virus (¿O temen tanto a la muerte que solo piensan en
su propia supervivencia?) Nosotros, los que no caímos en el pánico,
los que no nos importa enfermar y morir porque es algo inherente a
todo ser vivo, los que sabemos que hay cosas peores que la muerte,
los que clamamos por la libertad, somos ahora los villanos. Qué
paradoja.
Siempre
he pensado que la humanidad progresaba dando un paso adelante y dos
atrás (y no me refiero al progreso tecnológico, sino al social).
Ahora hemos retrocedido muchos pasos y estamos cerca del abismo. Se
suponía que todos los cambios sociales deberían ser para el bien
común, así que lo que estamos viviendo es un sinsentido y es una
mayúscula injusticia que ninguno ya tengamos presunción de
inocencia, ni siquiera gente curada que ya no puede contagiar a
nadie.
Debemos
juntarnos todos en las plazas de los pueblos y las ciudades,
acercarnos, saludarnos, quitarnos todas las mascarillas y prenderlas
fuego y no volver a verlas más que en un quirófano o en un entorno
de personas realmente enfermas, o que trabajen en lugares que puedan
inhalar tóxicos. Y luego convivir con el virus como con cualquier
otro con los que llevamos siglos y nunca se había hecho nada tan
demencial, porque a pesar de estas medidas tan restrictivas todos
podemos acabar contagiados, porque es imposible mantener la guardia
alta las 24 horas del día durante muchos meses ante un enemigo tan
pequeño, si hasta los mismos médicos aún se contagian a pesar de
sus protecciones. Restituyendo el Estado del Bienestar sería más
sencillo superar este y otros virus, porque la sanidad pública ya
estaba colapsada mucho antes de esta crisis por la falta de personal
y recursos auspiciada por los recortes presupuestarios. Ojala este
deseo se haga realidad antes de que esta realidad acabe conmigo. Pero
no lo creo, porque la estupidez humana siempre ha ganado por
abrumadora superioridad numérica. Prefiero que me mate el virus
antes que seguir viviendo así indefinidamente o, mejor, morir
luchando para cambiar esta situación, por el bien de nuestros hijos
y nietos.
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