domingo, 2 de agosto de 2020

2020: EL AÑO EN QUE SE PERDIÓ LA CORDURA.


Nunca antes murieron tantos para salvar a tan pocos”. Esta escueta oración se le ocurrirá, dentro de unos años, a algún estadista para sintetizar en una sola frase lo ocurrido este año 2020. Ahora a mí me cuesta mucho describir con palabras lo que está ocurriendo, porque el sentido común ha desaparecido por completo de la mayoría de la especie humana y va hacia el suicidio colectivo como especie, o quizás es lo que buscan unos pocos escogidos para quedarse con el planeta a sus anchas. Es la única explicación racional, que no ética, que se me ocurre en estos momentos.

Según las informaciones oficiales y de los medios de comunicación de masas (en adelante, los denominaré medios de manipulación), todo empezó con otro virus originado en China, otro más en el único país del mundo que ha aplicado un estricto control de natalidad con fatales consecuencias para el equilibrio natural de ambos sexos, y que en el futuro podría culminar en violentas revueltas sociales si no se corrige a tiempo. Un virus que se extendió de repente muy rápidamente tras un periodo de escasa transmisión, y así fue en casi todos los demás países, pero que con el tiempo fue a menos en lo que a mortalidad se refiere, que es lo principal en lo que hay que fijarse en la actividad de un virus. Y como esta cada vez es menor, entonces los medios de manipulación nos hablan de secuelas graves y permanentes con el fin de seguir manteniendo el pánico entre la población. No dicen que la probabilidad de muerte o secuelas graves es tan mínima que es más fácil para cualquiera morir antes de otra enfermedad o accidente. Y es increíble que casi nadie preste atención a esta certeza. ¿Por qué tanto pánico a este virus? Por el poder de los medios de manipulación para dominar las mentes de una inmensa mayoría de personas. Y los gobiernos no se quedaron atrás en esta difusión del pánico con el espantoso confinamiento al que sometieron a toda su población y a las subsiguientes medidas absurdas que impusieron después con el distanciamiento social, mascarillas y cierre de muchas, casi todas, las actividades humanas en grupo.

Lo que está pasando hoy en día no lo hubiera imaginado ningún autor de ciencia ficción nunca, estamos viviendo una distopía, una pesadilla y lo peor es que muchos no se están dando cuenta de lo que está pasando. Mi opinión, y ojalá me equivoque, es que al sistema ya le sobran muchas personas y tiene que reducir la población mundial drásticamente. Ni siquiera una guerra mundial convencional (porque la nuclear no dejaría planeta para nadie) les es suficiente para el número de personas al que desean llegar para alejar el peligro del colapso global por el agotamiento de recursos de La Tierra. El utilizar oportunamente un virus como este, similar al del resfriado común en cuanto a su detección y síntomas principales, que parece contagiar a mucha gente muy rápidamente pero sin causar una letalidad importante, les ha servido para causar un pánico generalizado, pero controlado. En el caso de que hubiera sido muy letal, el pánico descontrolado hubiera provocado que la situación se les fuera de las manos y acabaría en un apocalipsis. Eso no lo querían, por supuesto. En vez de eso, el Estado profundo (¿De qué se sorprenden? Si hay Internet profundo, la “deep web”, pues claro que hay alguien detrás de los gobiernos visibles) logró “convencer” a los Estados para aplicar medidas que recomendaban algunos epidemiólogos, mientras ignoraban y vilipendiaban a otros, como las que ya estamos viviendo y que son las que acaban con el ser humano como ser social. Desde que los Estados se financian más con deuda que por impuestos, se deben a sus acreedores y no a los ciudadanos, por lo que fue fácil regular que casi todo el mundo empezara con largos confinamientos nunca vistos de gente sana, con mascarillas obligatorias en todo momento sin saber para nada las consecuencias a medio y largo plazo del uso prolongado de las mismas, y con distanciamiento social incluso entre la propia familia y amigos íntimos, además de condenar a muchos millones de personas a padecer hambre y depresiones al suspender todo evento o reunión social y, lo peor, el cierre de las escuelas. Un ejemplo claro del poder del Estado profundo es EE.UU. Y Brasil. En ambos países sus presidentes se negaron a aplicar las medidas de aislamiento y confinamiento e increíblemente fueron ignorados y relegados. Algo nunca visto. Trump y Bolsonaro cometieron muchos errores, pero en lo único en que estaban acertados, fueron rebasados por el Estado profundo sin miramientos, incluso lograron que el “hombre más poderoso de la Tierra” fuera filmado en público con una mascarilla puesta sin necesidad, pues no tenía a nadie cerca, con tal de humillarle y demostrar quienes realmente mandan en el planeta.

Y lo que empezó con algo temporal, y hubiera sido más soportable si así lo hubiera sido, se ha convertido en algo permanente llamado “nueva normalidad”, porque no se nos dice cuándo acabará esta locura, e incluso se vuelven a hacer obligatorias restricciones como la mascarilla en todo momento cuando el número de hospitalizados y fallecidos diarios ya es menor que el de otras enfermedades. Cuánto más se debilita el virus, más opresión sufrimos. Y, como borregos, muchos lo han aceptado, eso es lo que más me sorprende. Incluso critican e insultan salvajemente al que se atreve a cuestionar la versión oficial, de por sí ya bastante confusa y contradictoria desde los primeros momentos. Yo dejé de preocuparme por el virus cuando supe la letalidad en los niños. Bien, pues a esos borregos obedientes, yo, uno que trabajó para el gobierno bastantes años, les digo que el gobierno siempre miente, que sus intereses no son en absoluto los del pueblo salvo en el breve periodo electoral en el que fingen que van a cumplir sus promesas. Y que no esperen que sus mentes aguanten tantos meses o años viviendo de esta forma, porque la ansiedad y la depresión inevitablemente afectarán a muchos millones que acabarán, como yo ahora, deseando la muerte como salida de esta vida que no es vida, es solamente pura supervivencia y vivir no solo es sobrevivir, al menos para los seres vivos dotados con capacidad de raciocinio y conciencia de sí mismos. Tan solo podrán sobrevivir los que conozcan el plan porque ellos sí saben cuándo acabará esta crisis y además viven en lugares apacibles y lejos de donde se hacina cada vez más la población. Poder vislumbrar cuándo acabará algo es lo que nos hace mantener una esperanza, y ahora no sabemos cuándo terminará esta pesadilla. Algunos dicen que cuándo lleguen las vacunas, pero es que tampoco sabemos cuándo llegarán ni en qué condiciones pues los medios de manipulación sacan a diario informaciones contradictorias sobre ello. Por ejemplo, al principio se anunciaba una cooperación global entre todos los países para llegar antes a la vacuna, y ahora vemos que se trata de una carrera a ver que farmacéutica lo consigue antes que otra y se forra, aunque tenga que denunciar espionaje industrial como acaban de acusar a China. Si toda información de interés para la vacuna debía compartirse por el bien de la humanidad, nadie tendría que espiar a nadie. Y una de las causas principales por las que no les interesa la inmunidad de grupo, es que cada nuevo contagiado es un cliente menos para adquirir la vacuna. Y sí, aunque en algunos países tu gobierno te la ofrezca gratuita, antes se la ha comprado a una farmacéutica por mucho dinero que viene de tus impuestos y endeudándose más.

Soy una persona introvertida, poco sociable ya por las circunstancias adversas que he vivido estos últimos veinte años, me gustan muy poco las reuniones sociales, nada las salidas nocturnas y mucho menos el consumo de drogas legales o ilegales. Acostumbro a salir poco de mi casa, y aún así, el confinamiento y todas las restricciones y prohibiciones me han afectado mucho hasta el punto que me quitaron las pocas ganas que tenía de vivir. No me asusta la muerte, tengo más de cincuenta años y ya he hecho todo lo importante que se tiene que hacer en la vida. Tengo hijos, pero ya no puedo hacer nada por ellos, el Estado me ha quitado toda posibilidad de ayudarles a soportar los males de la vida. Pues si esto me ha afectado a mí, como acabo de afirmar, ¿Cómo lo hará en personas más jóvenes, extravertidas y sociables? Supongo que durante un tiempo ocultarán las cifras de suicidios, drogadicciones y depresiones en jóvenes y niños, hasta que el número sea tan alto que sea imposible. O no. Quizá lo consigan, porque todo ha cambiado tanto que no puedo aventurar nada.

En el pasado se calificó también de antivacunas a médicos y otras personas que en realidad no cuestionaban las vacunas sino el negocio que las farmacéuticas empezaron a hacer de esa necesidad, arrebatándoselas a los Estados del bienestar que ya están en proceso de extinción, alterando su composición para ahorrarse costos de producción o tener más beneficios, lo que causa graves efectos secundarios en algunos niños, sus principales destinatarios. Ahora se incluye en este grupo a los que nos oponemos al alarmismo y pánico injustificado que han provocado con este virus, llamándonos negacionistas. Etiquetar a la gente es otra forma de ningunearla, de ignorarla o despreciarla. Hay reputados médicos y epidemiólogos que opinan como yo, y ellos saben más del asunto. Tan solo tenemos que buscarlos e informarnos y llegar a la conclusión más lógica. Nos estamos suicidando como sociedad solo para tratar de erradicar el catarro. Nos estamos fiando de algunos epidemiólogos que son muy especializados en lo suyo e ignorantes en otros muchos campos, sobre todo en psicología. La especialización es la muerte del conocimiento. Al principio de la crisis, los medios de manipulación entrevistaron a algunos psicólogos, pero como no les interesaba lo que decían porque iba en contra de la doctrina oficial, ya no aparecieron más.

Miren a su alrededor, a su familia, conocidos. Mis hermanos y sus amigos, que viven en Madrid y les pilló la explosión inicial del virus en plena capital, y tres de ellos teniendo que ir a trabajar en transporte público, no se han infectado. El único positivo (qué triste ver cómo han transformado una palabra optimista en algo malo) ha sido mi abuela de 102 años ingresada en una residencia porque ya no puede valerse por sí misma, detectado en una prueba que se hizo a todos los ancianos y sin ningún síntoma. En otro país, un familiar de 65 años está postrado en una cama sin poder moverse apenas, con pañales y dándole de comer como a un bebé porque hace tres meses su sistema sanitario decidió que su operación de hernia discal no era urgente por la crisis de este virus. Hay otras muchas cosas que matan a la gente, pero ya no importan.

Tras más de siete meses de existencia, el virus ya no llega a contagiar a tantas personas en el mundo como el de la gripe ¿Por qué no informan de ello? En vez de eso, se inflan las cifras de mortalidad al calificar como muerte por coronavirus a casos sospechosos de los cuales no se hace autopsia. O de la famosa prueba PCR que es tan fiable que detecta como positivo a cualquier otro virus del numeroso grupo de los coronavirus. Y ya solo informan de los contagiados por esta prueba, con escasos ingresos hospitalarios. Son tantas informaciones falsas, incompletas y contradictorias que cualquiera con dos dedos de frente se tiene que preguntar cómo hemos llegado hasta aquí. Y lo que nos queda como no reaccionemos y nos plantemos. Sobre todo, los jóvenes y los pobres, que son los que más tienen que perder.

Lo de las mascarillas es de escándalo. Ni siquiera la corrupta OMS obliga a su uso continuado, y aquí en España nos hemos convertido en el primer país del mundo en obligar a su uso en todo momento (con todas las comunidades autónomas infantilmente en cascada regulando su uso), de forma que se ven estampas ridículas como ver gente por medio del bosque o en lugares solitarios con ella puesta... Al margen de los efectos en la salud física por su uso prolongado (que los habrá, porque es antinatural respirar de modo continuado con eso en la cara, no fuimos diseñados para respirar así), sus efectos en la salud psicológica son devastadores, porque con ella puesta nunca puedes dejar de pensar en esta locura o, como yo, tener ansiedad al ponérmela y luego salir y ver a todo el mundo con la cara cubierta. Por eso salgo lo menos posible, no soporto ver tantas mascarillas usadas sólo por decisión política y no sanitaria. Tanta gente tapada es una estampa deprimente, algunos sufriendo pero temiendo las multas o las broncas de otros que las llevan orgullosamente como buenos miembros del obediente rebaño (“Ponte la puta mascarilla” dicen cuando se les acaban los pocos argumentos que tienen). Un medio de manipulación acaba de publicar que los que no queremos llevar mascarilla somos psicópatas y narcisistas. Tremendo. Y los que no queremos llevarla ni que las lleve nadie, ¿Qué somos? ¿Genocidas? Quizá es un modo de hacernos salir menos de casa. Con tantas restricciones y críticas (en redes sociales se lanzan ferozmente a por el que se sienta en la terraza de un bar, se va de vacaciones o quiere disfrutar de un espectáculo), a muchos se nos quitan las ganas de salir, no ya de vivir, que también. Porque esto no es vivir, no es soportable en el tiempo, y así conseguirán su objetivo de reducir drásticamente la población mundial, ya que es fácil matar a quien ya no desea vivir.

Muchas veces veo las noticias no para confirmar mis temores, sino para intentar encontrar una señal de que esto va a acabar alguna vez, algo que nos dé esperanza. Es en vano. En los comentarios de esas informaciones, leo que algunos nos llaman homicidas. El principal argumento de los gobiernos y los medios de manipulación es apelar a los remordimientos de conciencia que sentiríamos si por no seguir sus normas y prohibiciones, contraigamos el virus de forma asintomática y luego contagiemos a alguien vulnerable y causemos su muerte. Matamos a alguien casi sin mover un dedo. Por temor a esa posibilidad, consiguen llevarnos dócilmente al matadero o donde ellos quieran. Pero los verdaderos homicidas son la mayoría de los gobiernos mundiales que, en vez de reforzar realmente el sistema sanitario para afrontar epidemias, se han dedicado de forma unánime a castigar a toda la población, sana o enferma, sabiendo de antemano que con ello están ya agravando y provocando más enfermedades y muertes que por el mismo virus. ¿A quién beneficia esto? Ya hemos visto que este virus no distingue entre ricos y pobres, pero las medidas tomadas para su erradicación causarán más fallecidos por hambre y falta de cuidados médicos, y estas cosas no afectan a los poderosos, a ellos nunca les faltará comida ni atención médica. En realidad, estamos protegiendo a los ricos en vez de a los llamados vulnerables o personas de riesgo. Los pobres, como siempre, no importan.

También nos llaman irresponsables y cobardes. Y es paradójico, porque somos personas con sentido común que aceptamos el riesgo, bastante bajo, de morir por el virus antes que seguir sometidos a unas rigurosas medidas, sin una base científica consensuada, que están llevando a la civilización de camino al precipicio. Queremos salvar la sociedad, y claro que queremos que cambie, pero a mejor, a una más justa e igualitaria pero día a día comprobamos que vamos por el sendero contrario.

También leo que una dirigente de una comunidad autónoma anuncia un día la creación de un documento para que los que hayan pasado la enfermedad y no sean contagiosos puedan, lógicamente, hacer una vida más o menos normal. Casi inmediatamente, al día siguiente, su vicepresidente la desmiente y afirma que no habrá “privilegios” para nadie (como si los ricos y los políticos no los tuvieran). De forma absurda, gente que ya no es contagiosa debe seguir usando mascarillas que ya no necesitan. Yo pienso que la verdadera razón de no hacerlo es que ese documento animaría a muchas personas, hartas del estrés que supone tener un microbio al acecho todo el tiempo, se animarían a buscar la inmunidad de grupo y, con ello, cargarse el negocio de las vacunas.

Y los medios de manipulación siguen alarmando y atacando a la infancia, publicando estudios que afirman ahora que los menores de 5 años pueden ser peligrosos por tener una gran carga viral. Es patético. Menos mal que muy pocos saben leer a esas edades.

Aún cuando ya vemos muchos menos ingresos hospitalarios y fallecidos, sigue habiendo muchos padres y profesores histéricos y presas del pánico que tienen miedo de lo que ocurrirá cuando empiece el siguiente curso escolar. La ministra de educación tajantemente dice que debe ser presencial, que es lo mejor para los niños. En algo estoy de acuerdo con un miembro del gobierno, y no es porque la escuela sea el mejor lugar para aprender, sino porque hoy por hoy es el mejor lugar para que socialicen los niños por culpa de la inseguridad de las ciudades. Sin embargo muchos no quieren llevarlos a la escuela e incluso algunos sugieren que vayan con mascarilla y distanciamiento. Inaudito. Cinco horas seguidas con una mascarilla puesta los niños y sin poder acercarse a sus amigos. ¿Se puede ser más cruel? ¿Esos padres no se estarán preocupando más por su propia salud que por la de sus hijos? Yo moriría para que mi hijo pequeño sea feliz. De hecho, el único y delgado hilo que mantiene la poca cordura que me queda es él. Tengo otra hija mayor, psicóloga, pero ya no me necesita constantemente y su felicidad ya no depende de mi existencia, ni desgraciadamente puedo hacer nada para que se sienta mejor con todo lo que sé del mundo.

Antaño cuando había una catástrofe siempre se decía que había que salvar a las mujeres y los niños primero. Puro sentido común. Ahora quién sabe cuántos millones de niños estamos afectando para salvar a unos miles de ancianos, muchos de los cuales a punto de llegar al final de sus vidas o, como yo y otros más mayores, que se niegan a vivir de esta manera en esta “nueva normalidad” y no quieren ser salvados a este precio. Los medios de manipulación cargan contra los jóvenes que salen a lo que deben hacer, socializar, y que luego regresen y contagien a sus padres y abuelos. ¿Acaso no saben que esos jóvenes cuentan con el beneplácito de sus mayores porque desean que sus hijos y nietos tengan unas vidas normales y plenas? Como el gobierno de Canarias, que utilizó la televisión pública para emitir un anuncio en el que un anciano celebra su cumpleaños felizmente en familia y acaba en la UCI de un hospital. Si hubiera sido presa del pánico nunca se habría reunido con su familia y podría haber muerto por causas naturales debido a la edad, solo, tras meses sin relacionarse con los suyos. Prefirió ser feliz y vivir bien sus últimos años, no encerrado muerto de miedo. Estos medios de manipulación ya no informan, sino juzgan, critican sin saber. Son cómplices de los gobiernos en un monstruoso crimen contra la infancia, por los millones de niños y jóvenes que enfermarán y morirán por culpa de esta locura colectiva. No niego que es un virus que enferma y mata a algunas personas, pero la respuesta histérica a él ya está matando a muchas otras de las que no se informa y matará a muchas más en el futuro (quizás esa sea la verdadera intención). La contaminación mata a mucha más gente que el virus, pero no se toman drásticas medidas contra ella porque podrían causar más caos en las urbes. Que les mate la polución es el precio que algunos tienen que pagar por vivir en ciudades en las que disponemos de más ofertas de alimentación, ocio, sanidad, educación y cualquier otro servicio que en las zonas rurales. El cáncer mata a más personas sin distinguir entre niños y adultos y no por ello renunciamos a drogas legales y alimentos o ambientes cancerígenos. Corremos ese riesgo para no dejar de disfrutar de algunos placeres de la vida. Si nos toca, nos resignamos a sufrir tanto la enfermedad como el penoso tratamiento, o la muerte si llega. ¿Por qué con este virus menos letal no ha sido así? No lo comprendo. Se ha manipulado muy bien a casi todo el mundo.

Por no hablar de las consecuencias en países pobres, donde los confinamientos y restricciones sociales y sanitarias van a causar millones de muertos a medio y largo plazo. Y tampoco lo digo yo, lo dice la OMS. Lo que dije al principio no es exageración, será una certeza si no los paramos. Nuestro enemigo es invisible, pero no es precisamente el virus.

Antes muchos morían luchando por la libertad. Daban la vida sin pensárselo dos veces antes que vivir esclavizados. Ahora una inmensa mayoría de gente vive esta crisis engañada y manipulada, porque ellos, con soportar indefinidamente esta “nueva normalidad”, que no es otra cosa que vivir sin libertad, creen que son los héroes que salvarán al mundo de un virus (¿O temen tanto a la muerte que solo piensan en su propia supervivencia?) Nosotros, los que no caímos en el pánico, los que no nos importa enfermar y morir porque es algo inherente a todo ser vivo, los que sabemos que hay cosas peores que la muerte, los que clamamos por la libertad, somos ahora los villanos. Qué paradoja.

Siempre he pensado que la humanidad progresaba dando un paso adelante y dos atrás (y no me refiero al progreso tecnológico, sino al social). Ahora hemos retrocedido muchos pasos y estamos cerca del abismo. Se suponía que todos los cambios sociales deberían ser para el bien común, así que lo que estamos viviendo es un sinsentido y es una mayúscula injusticia que ninguno ya tengamos presunción de inocencia, ni siquiera gente curada que ya no puede contagiar a nadie.

Debemos juntarnos todos en las plazas de los pueblos y las ciudades, acercarnos, saludarnos, quitarnos todas las mascarillas y prenderlas fuego y no volver a verlas más que en un quirófano o en un entorno de personas realmente enfermas, o que trabajen en lugares que puedan inhalar tóxicos. Y luego convivir con el virus como con cualquier otro con los que llevamos siglos y nunca se había hecho nada tan demencial, porque a pesar de estas medidas tan restrictivas todos podemos acabar contagiados, porque es imposible mantener la guardia alta las 24 horas del día durante muchos meses ante un enemigo tan pequeño, si hasta los mismos médicos aún se contagian a pesar de sus protecciones. Restituyendo el Estado del Bienestar sería más sencillo superar este y otros virus, porque la sanidad pública ya estaba colapsada mucho antes de esta crisis por la falta de personal y recursos auspiciada por los recortes presupuestarios. Ojala este deseo se haga realidad antes de que esta realidad acabe conmigo. Pero no lo creo, porque la estupidez humana siempre ha ganado por abrumadora superioridad numérica. Prefiero que me mate el virus antes que seguir viviendo así indefinidamente o, mejor, morir luchando para cambiar esta situación, por el bien de nuestros hijos y nietos.

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