lunes, 19 de octubre de 2020

LA ESCUELA HOY: ESCENARIO DE CRÍMENES CONTRA LA INFANCIA.

El pasado mes de septiembre, mi hijo comenzó las clases en la escuela pública. Teníamos la esperanza de que, al residir en un lugar donde no se conocían casos de coronavirus, las medidas de seguridad no serían tan rígidas como anunciaban las autoridades educativas o, al menos, que con el tiempo se relajaran en vista de la ausencia de niños enfermos o contagiados. Por supuesto, nos equivocamos y empezamos a contactar con el centro escolar para quejarnos de la única manera que se puede ahora, porque no nos dejan acercarnos al lugar, salvo urgencia vital. Claro, porque una escuela ahora es más un escenario de guerra biológica. Estas son las comunicaciones que entablamos con los responsables del colegio:

YO. 29 de septiembre: El motivo de esta carta es que hoy, en la reunión virtual con la tutora de mi hijo, nos informó, entre otras cosas, que a los niños solo les dan 15 míseros minutos para comer su almuerzo y luego pasar el resto del recreo en clase, sin poder jugar ni hacer ninguna actividad física con sus compañeros salvo en clase de educación física. Ni los temporeros ni los trabajadores de una fábrica disponen de tan poco tiempo, aparte de que ya sabemos que comer deprisa es malo para la salud, o, al menos eso siempre se nos decía, antes de esta "nueva" normalidad.

También aprovecho para expresar otra queja por obligar a los niños a cargar en sus mochilas un producto (gel hidroalcohólico) que antes no se podía dejar al alcance de los niños. O que ya no es necesario lavarse los dientes después de comer en el colegio, cuando los dentistas siempre recomendaban hacerlo después de cada comida.

Y qué decir sobre la prohibición de mochilas con ruedas (en otros colegios de la Región no lo han hecho), y como no pueden dejar los libros en la clase, deben cargar pesadas mochilas, cuando antes no recomendaban que los niños cargaran más del 10 % de su peso. A ver cuándo lleguen los dolores de espalda, o los más pequeños que tengan que subir escaleras se desequilibren por el peso y se caigan por los escalones. Por no mencionar que se tenga que curar el sólo si la lesión es leve, porque nadie se le puede acercar.

Y las mascarillas... España es el único país de Europa que obliga a llevar mascarillas a menores de 11 años, varias horas, cuando aún no se conocen bien los daños por su uso prolongado (ni se investigarán, claro). Le mando la carta de setenta médicos belgas (comprobé cuatro nombres al azar y sí existen), que piden la supresión de la obligación de las mascarillas a los mayores ¡de 12 años!, porque los menores de esa edad no la usan. ¿Acaso somos de otra especie los españoles, más sensibles al virus? Y no aduzcan que evitan contagios, porque mismamente en esta Región, los contagios se dispararon desde que obligaron a usar la mascarilla todo el tiempo.

También dirán, como dijo la tutora, que esto es la "nueva normalidad" y que nos fastidiemos, porque esto ya está resultando más peligroso que el propio virus, cuya letalidad va bajando cada vez más, a la vez que, paradójicamente, suben las restricciones. Y a medio y largo plazo, moriremos más por culpa de las medidas contra el virus. Y eso lo saben los que gobiernan, quizás sea ese el objetivo, que somos muchos y hay que aligerar peso en el planeta... Pero eso ya es especulación, lo que sí es real es que la próxima pandemia va a ser de enfermedades mentales, la mayoría en niños y jóvenes, porque cuánto más duradero es un trauma, más grave es el daño en la salud mental. Y según la microbióloga del hospital Santa Lucía, esto va para largo:


Y los daños a la salud mental de nuestros hijos serán permanentes si no paramos estas disparatadas medidas ante una enfermedad que no es más letal que una fuerte gripe, y mucho menos para los niños y adolescentes, que son los más perjudicados con ellas. Yo soy un funcionario que sufrí acoso laboral por negarme a aplicar medidas disparatadas e injustas a mis subordinados y acabé retirado.

Bueno, espero que se haga algo pronto. Yo llevo a mi hijo a una escuela pública, no a un escenario de guerra biológica. Aquí va el enlace a la carta que mencioné de Bélgica (Hay otra de un centenar de médicos franceses, pero es más larga y no específica para los niños):

https://mpr21.info/la-mascarilla-es-una-seria-amenaza-para-el-desarrollo-de-los-ninos-aseguran-70-medicos-belgas/

ESCUELA. 29 de septiembre: Desde el Equipo Directivo entendemos la preocupación de las familias por la situación que estamos viviendo. Las decisiones tomadas han sido para maximizar la seguridad de nuestro alumnado debido a la pandemia y crisis sanitaria que se está viviendo a nivel mundial.

En algunas decisiones sabemos que las familias no están de acuerdo, pero nuestra única premisa en estos momento es la seguridad de los niños y niñas de nuestro centro.

En cuanto a la utilización de mascarilla a partir de los seis años, es una normativa que viene dada nivel estatal que debemos cumplir en el centro. Usted puede remitir su queja a los organismos regionales e incluso estatales que considere oportunos.

Desde la Consejería de Educación nos informan que el alumnado de primaria puede portar su propio gel hidroalcohólico, no siendo así en el alumnado de Educación Infantil, siendo a este proporcionado por las maestras de la etapa.

La orden conjunta de las Consejerías de Educación y Sanidad de la Región de Murcia desaconsejan el lavado de dientes ya que al realizarlo, las personas pueden soltar particular hacia otras personas cercanas.

En cuanto a los recreos, ha sido una decisión consultada para poder garantizar al máximo la distancia social entre el alumnado y para que durante esos minutos puedan tener más espacio para correr y poder jugar guardando siempre la distancia social.

Las mochilas sin ruedas ha sido una decisión tomada, ya que desde otros organismos se nos informó que no deberían acceder al centro carritos con ruedas ya que podían ser portadores del virus desde la calle. Somos conscientes que se puede portar también en el calzado o en otros elementos que vengan de fuera del centro, pero fuimos informados con esas instrucciones y las seguimos para minimizar riesgos.

Si un niño se cae se le atiende y se le va a atender con todas las medidas para el docente y para el alumnado. Antes de la situación que estamos viviendo, la forma de atención para los niños y niñas ante cualquier herida es aplicarse agua y jabón, ya que no somos facultativos y no podemos aplicar ningún otro producto. En el caso de algo de más urgencia se avisaría a las familias y en su caso al 112.

Esperamos haberle resuelto sus dudas.

Muchas gracias por su comprensión. 

Reciba un cordial saludo.

Remarqué partes de su respuesta que no se ajustaban a la verdad: La primera es que realmente lo primero y lo que más importa es la seguridad del profesorado, eso lo sabemos todos. La segunda es que no les dejaron correr y, menos, jugar. Salen al patio, comen rápido su almuerzo y a clase otra vez, para que no se descontrolen. La tercera es que no sé a qué organismos se refieren, porque varios padres sabían que en otros centros de la región si les dejaban entrar con mochilas de ruedas, pero parece ser que nuestra escuela es más miedosa. Respondí, bastante enfadado:

YO. 29 de septiembreNo, no han resuelto ninguna y lo saben, y encima siguen con sus contradicciones entre ruedas y zapatos y no mencionan nada sobre el comer deprisa y sobre que esto es un pánico exagerado e histeria fomentada desde el gobierno y los medios de comunicación (¡si acaban de decir que el gobierno andaluz quiere obligar a llevar mascarillas en los hogares!), están destrozando la salud mental de millones para salvar unos pocos, han perdido todos el juicio. Y lo sé, trabajé 14 años para el gobierno y sé que siempre mienten y someten a la población en vez de cuidarla. 

No me respondan, solo quiero que espabilen, que recuperen el sentido común, que para eso han estudiado una carrera universitaria. Déjense de lenguaje cuartelero, pasando el muerto a otro (que, por cierto, nunca me contestó, ya lo suponía). Cuando nuestros hijos, que no se adaptan a todo, porque como seres humanos tienen un límite, se harten de esa situación apocalíptica y ya no soporten ir a la escuela, porque el mío va porque él todavía quiere, los sacaremos (quizás es lo que ustedes estén deseando también) y ninguna fiscalía de menores podrá obligar a ningún padre a llevar a sus hijos a lugares donde les causen traumas psicológicos y desórdenes mentales graves.

Cuando se den cuenta de que este pánico disparatado por una enfermedad con tan escasa mortalidad es una táctica de guerra, va a ser demasiado tarde. De todas formas, envidio a todas las personas fallecidas antes de marzo de este año, se libraron de este apocalipsis sin sentido. Los gobiernos son arrastrados al precipicio y vamos casi todos detrás, tan ingenuos, como los judíos a las cámaras de gas que creían que eran duchas.

En vista de que mi hijo seguía teniendo dificultades para poder almorzar normalmente, volví a reiterar mis quejas:

YO. 7 de octubre: Empiezo reiterando mi queja sobre el escaso tiempo que dan a los niños para comer su almuerzo, inferior a 15 minutos. Mi hijo ha cronometrado el tiempo que les dan y ha contado doce minutos en una ocasión y ¡ocho! ayer. Considero que tienen todo el derecho a comer el tiempo que deseen (ya que es lo único que pueden hacer ahora) dentro de la media hora del recreo, sin que ninguna exagerada emergencia sanitaria lo justifique. Basta ya de eliminar más derechos que nada tienen que ver con el virus, sino con el sometimiento rayano en el abuso infantil. Antes, la educación cívica o moral que se ganaba en la escuela, se perdía en la casa si los padres no ponían de su parte. Ahora, por desgracia, es todo lo contrario, al fomentarse el miedo, el aislamiento, el masticar deprisa, no tocarse ni abrazarse... Toda la vida los niños se han contagiado en las escuelas de diversas enfermedades y adquirido inmunidad, además de que ningún padre o madre ha demandado jamás a ningún centro escolar por haber enfermado su hijo allí.

Porque es inhumano ver lo que le están haciendo a los niños. No hay casi nada peor para la salud mental que tapar las caritas de los niños con mordazas durante horas, para ellos y para los que lo ven y lo consienten. En ningún país europeo lo hacen, y no digan que es porque aquí hay más contagios, porque, al menos en esta región, que el 12 de julio estaba a la cabeza de España con menos "casos" (excepto Ceuta y Melilla), el 13 de julio estableció la mascarilla obligatoria y se dispararon las infecciones y ya estamos alcanzando a Galicia. El sistema educativo español es ya responsable de un crimen contra la infancia y todos los que en él prestan servicio son cómplices, porque no se puede alegar obediencia debida cuando sabes que estás cumpliendo órdenes que van en contra de la vida, los derechos humanos y la legalidad vigente, hasta que la alteraron unilateralmente con la excusa de un virus de cada vez más escasa peligrosidad.

¿Y qué pueden hacer como docentes? Pues lo que yo hice en su día, hace más de veinte años, negarse a cumplir esas órdenes, porque si el remedio se está demostrando que está siendo peor que la enfermedad, hay que descartarlo ya. Declárense en huelga (algo que yo no pude, era militar) y no vuelvan a dar clases hasta que puedan hacerse de forma normal, sin mascarillas, sin distancias, niños tocándose y jugando en los recreos, compartiendo material y, como no, tocando ustedes también a esos niños que tanto esperan de ustedes, no esto de ahora. Se sorprenderían de cuántos padres y madres en todo el mundo apoyan lo que estoy diciendo, y estarán con ustedes cuando actúen en defensa de la infancia, que la estamos perdiendo... Ya se han cargado la sanidad pública, no consientan que se carguen el siguiente objetivo, ustedes, la enseñanza pública. Y como muestra de ello, vean esta declaración de médicos y epidemiólogos, de puro sentido común, que en solo tres días ya lleva más de 64.000 adhesiones (y suben exponencialmente, más que los contagios del virus) a pesar de su escasa difusión por culpa de la censura en internet.

En el momento de escribir esto, ya van cerca de las 600.000 firmas. Y eso a pesar de su escasa difusión por los medios.

ESCUELA. 7 de octubreHemos consultado con la tutora de Jano sobre el tiempo utilizado en la hora de recreo y nos indica que ese no es el tiempo empleado. Cada día va aumentando el tiempo en la hora de recreo de forma progresiva. Aún así todas las clases tienen 30 minutos para poder comerse su almuerzo.

YO. 7 de octubre: ¿Aumentando el tiempo de forma "progresiva"? ¿Qué significa eso? Contradice su frase siguiente. Mi hijo no se inventa nada. A veces, por temor a un castigo miente, como humano que es, pero no es mentiroso. Su madre ha dedicado muchas horas en comidas y cenas a enseñarle a comer más despacio, para digerir bien y estar más sano, así que no echen a perder eso también.

Y tómense en serio mis siguientes párrafos. Es imposible seguir así hasta el 2022 como prevé cierto filántropo reconvertido en experto en vacunas, o hasta el 2025 como prevé el Banco Mundial. Todos debemos empezar a luchar, o moriremos muchos más de cosas peores que un virus respiratorio.

Parece ser que a raíz de esto, los profesores cesaron de apresurar los almuerzos, porque mi hijo me informó de ello. Pero es que nunca debieron haberlo hecho. Como tampoco debieron haber hecho lo siguiente:

YO. 13 de octubre: nuevamente me dirijo a ustedes para expresar mi queja por un castigo injusto que se le impuso a mi hijo el pasado viernes.

Según me refirió él, estando con varios niños en el patio junto al comedor, AL AIRE LIBRE, se bajaron las mascarillas porque les agobiaban por el calor. En eso, apareció una monitora del comedor y los demás tuvieron tiempo de subírselas (como si estuvieran haciendo algo malo) y el mío no, por lo que fue castigado a permanecer sentado en un banco hasta que se subiera al autobús. Nunca se debe castigar a un niño por bajarse la mascarilla un rato y mucho menos, si lo hace al aire libre, y no lo justifiquen otra vez con que son las normas de la consejería de educación, pues los que conviven directamente con los niños a diario son ustedes (ya saben que yo también trabajé para el gobierno, con normas muy estrictas, pero no siempre estaban encima de mí para fiscalizarme). Las mascarillas son contraproducentes para los niños, y se va a dar la paradoja de que los mandamos a la escuela para ser más listos y resultará que acabarán más tontos. Más abajo les envío información de dos médicos sobre ello.

Ello me lleva a decir que nada de lo que les comuniqué en otras cartas ha servido para nada. Incluso los mismos científicos pro gubernamentales (por llamarlos de alguna manera) reconocen que al aire libre el peligro es mínimo y que los niños menores de 12 años siguen exentos de mascarillas en casi todo el mundo. ¿No se dan cuenta de que prácticamente todo lo que dicen el gobierno y los medios de comunicación es cada vez más disparatado? Es la primera vez en la historia de la humanidad, al menos desde que hay grupos dirigentes, que los que gobiernan siembran deliberadamente el pánico y la histeria dañando gravemente la salud mental de todos, cuando antes, en cada calamidad, catástrofe o guerra, minimizaban los daños y el peligro, para no causar alarma a la población... ¿Qué ocurrió con la típica expresión "la situación está controlada o cerca de estarlo, no se preocupen"  que usaban siempre? ¿No ven que hay gato encerrado?

Sin embargo, contra la disparatada y alarmista actuación oficial, el pasado 4 de octubre, un grupo de médicos y científicos se reunió en Great Barrington, y publicó una declaración basada en la cordura y el sentido común para pedir a los gobiernos que paren todo este sinsentido, con propuestas lógicas y humanas, viendo que el remedio que se está aplicando es peor que la enfermedad. En nueve días, ya llevan más de 400.000 adhesiones, nuestra incluida. Crecen más que el virus. Apoyen esto, que vean que somos muchos, y acaben deteniendo esto antes de que sea tarde. Es gbdeclaration.org.

Sobre el peligro de mascarillas en los niños: https://lbry.tv/@mentealt:1/peligro-mascarillas:2

La doctora Margarite Griesz-Brisson es una especialista alemana en neurofisiología y neurotoxicología. Ha grabado un vídeo sobre los efectos de las mascarillas en el cerebro:

https://www.youtube.com/watch?v=pd22FGeuyog

ESCUELA. 13 de octubre: Preguntaremos a las monitoras de comedor para ver qué ocurrió.

Le pediría por favor que cualquier queja respecto al uso de mascarillas según la edad las dirija a los estamentos oportunos ya que nosotros no podemos hacer nada ante eso y tenemos que seguir la normativa que nos marca el gobierno estatal y el gobierno regional.

Hemos hablado con las monitoras de comedor y me comentan que su hijo se quitó la mascarilla y le dijeron al niño que tenía que ponérsela y permanecer sentado hasta que lo hiciera. Volver a decirle que el uso de la mascarilla es obligatorio en el centro escolar y en el transporte desde 1º a 6º de Educación Primaria y para todo el personal que trabaje en el centro. Ante cualquier queja sobre el uso de las mascarillas para el alumnado, puede dirigirse al estamento correspondiente. Informarle que desde el centro estamos cumpliendo la normativa referente al uso de mascarillas y así seguiremos haciéndolo.

YO. 14 de octubre: No sé si no me expliqué o no han interpretado bien lo que expresé en mis anteriores comunicaciones. Voy a decirlo ahora más claro: les pedí que no castiguen a ningún niño por quitarse por primera vez la mascarilla cuando le agobie, tan solo les indiquen que se la ponga y ya, sin castigos. Incluso la policía avisa antes de multar, así que no se dejen llevar por el pánico y no sean tan estrictos en unas medidas que cada vez se está viendo que hacen mucho más mal que bien a los niños.

Dicho esto, con toda la información que les facilité, me ha quedado claro que ahora el papel de ustedes en la "nueva normalidad" no es el de educadores ni profesores, sino más bien de lacayos de esta dictadura sanitaria que padecemos. Que sepan que jamás sería yo capaz de levantar queja alguna si mi hijo se contagia del virus (de hecho, desde que supe que apenas afectaba a los niños, dejó de preocuparme el covid), pero sí demandaría con todas mis fuerzas al sistema educativo si nuestros hijos sufren daños por el excesivo uso de la mascarilla que padecen los niños solo en este país y por los trastornos psicológicos que aflorarán si esta situación sigue así indefinidamente en los colegios. Y ustedes serán cómplices por no oponerse a esta dictadura, háganlo en beneficio de la infancia, porque la consejería de educación y el ministerio se limpian el trasero con todas mis quejas, pero si el profesorado se planta, la cosa sí puede cambiar.

Luchemos por una MEJOR NORMALIDAD, no una "nueva normalidad" que ya está empezando a causar más muertes que el virus.

Y no hubo más respuestas. El profesor ya no piensa ni enseña a pensar, solo obedece ciegamente a una autoridad dictatorial que nos lleva al caos. Ya no sirven las palabras. Hace más de sesenta años, un médico argentino llamado Ernesto Guevara supo que la única manera de oponerse a la opresión era por medio de la acción, y solo fracasó cuando le faltó apoyo de una mayoría sometida. Ahora hay mucho más en juego, los oprimidos somos inmensamente más. No esperemos en nuestras casas que nos maten a ni dañen más a nuestros hijos, debemos vender muy caras nuestras vidas y nuestra libertad. ¿No es tremendamente absurdo dejar de vivir para salvar la vida?

martes, 22 de septiembre de 2020

REFLEXIONES Y "DESVARÍOS" DE UN ENFERMO (MENTAL) POR EL CORONAVIRUS

 

Pensaba que el anterior sería mi último trabajo escrito antes de dejar este mundo, si fuera posible luchando contra contra los responsables de los que lo hundieron como nunca (por afectar a tantos miles de millones de personas al mismo tiempo). Pero mientras ese momento llega, necesito expresar lo que siento, descargarlo aquí a fin de que conste para la posteridad si este blog me sobrevive. Y el orden de las reflexiones no es el de importancia, sino según me fueron llegando a la mente. Todas son realmente relevantes.


Creo que algunos de los que están en contra del uso prolongado e innecesario de las mascarillas, se equivocan en denominarlas despectivamente “bozales”. No es así. Ojalá fueran bozales, pues estos al menos tienen rendijas o agujeros por donde entra y sale libremente el aire, lo que no ocurre con las mascarillas que, en mi opinión, se asemejan mucho más a mordazas y además cumplen esa función, porque nos las han impuesto por razones políticas y no sanitarias. A día de hoy, dos meses después de haber obligado a todo el mundo a usarlas, las infecciones han aumentado mucho más que antes, según las cifras oficiales, aunque ahora empiecen a culpar a una segunda ola.


Una de las promesas electorales del PSOE y UP era derogar la polémica “ley mordaza” del PP, pero no solo no lo hicieron, sino que han permitido que acabemos todos amordazados.


No yendo muy lejos al pasado, vemos que Stalin mató a millones de personas por razones políticas, Hitler hizo lo mismo por cuestiones racistas y Mao también por razones "culturales" (es extraño que cada vez se mencione menos a este último en la lista de dictadores asesinos, ¿blanqueando la historia de China?). Ahora, unos pocos (piensen en los nombres más sospechosos, pueden ser varios socios) matarán a muchos millones más por razones filantrópicas.


Hoy vi en la web de un medio de prensa amarilla de España, las imágenes de varios sanitarios en una UCI volteando a un supuesto enfermo de Covid. Apenas se distinguía el paciente. Me llamó la atención el nuevo EPI de los médicos y enfermeros (o doctoras y enfermeras), de color amarillo fuerte con unas gafas de protección negras gruesas. Parecían minions. ¿Ya no hay uniformes blancos? ¿Era un hospital español? Dejándonos de chistes, ellos con tantas protecciones y a nosotros nos exigen ya que no nos contagiemos, sólo con mascarillas, higiene y distanciamiento, pero a pesar de ello somos unos irresponsables y seguimos infectándonos, que no enfermando, que es muy diferente. También esas imágenes me hicieron reafirmar mi decisión de morir en mi casa si pillo la versión grave del Covid, así que estén tranquilos los histéricos que se creen que tenemos tanto miedo, que a la primera tos nos fuéramos a ir corriendo a un hospital. Por nosotros no será el colapso, sino por la incompetencia o corrupción política que desmanteló la sanidad pública.


En los años noventa del siglo pasado, me aficioné a ver una serie de televisión norteamericana que tuvo mucho éxito, Expediente X, de ciencia ficción, muy entretenida e inquietante a veces. Al inicio de cada capítulo, salía la frase trascendental: “La verdad está ahí fuera”. Y tanto es que ahora es fundamental tenerla en cuenta: Debemos salir fuera, mirar a nuestro alrededor, en las calles, comercios, campos... Salvo que vamos amordazados, todo lo demás no se ve tan apocalíptico como nos dicen los gobiernos y los medios de manipulación, sobre todo, la televisión. E indagar en nuestra familia y amigos y comprobar que no hay tantos enfermos ni muertos como nos dicen los medios. Esa es la verdad y no la que nos machacan continuamente. Dejemos de ver las noticias y todo será menos angustiante y empezará a mejorar. Yo las veo en contadas ocasiones porque, a través de ellas, los infames responsables de esta catástrofe son tan prepotentes que nos anuncian sus planes futuros, y así poder estar preparado.


La vuelta al colegio en España ha sido más traumática que en el resto de Europa, empezando porque aquí la edad mínima para obligar a usar la mascarilla a los niños es de 6 años (cuando 11 ó 12 es en otros países de la UE), como si los españoles fuésemos de otra especie humana o más sensibles al virus. Luego obligarles a mantener distanciamiento durante varias horas, sin tocarse ni jugar a nada en los recreos, solo comerse su almuerzo y regresar. Ya hay un caso que conozco (y seguro serán más) de un niño que prefiere el confinamiento a pasar la mañana en un escenario de guerra biológica. Lo entiendo. Cuando estaban confinados no se les recordaba continuamente el “peligro mortal” ni les hacían sentirse como “armas biológicas letales”. Y encima ya les vuelven a cerrar los parques infantiles en muchas ciudades. Esto ya es un crimen grave contra la infancia, contra la salud mental de los niños, y el silencio de UNICEF les hace cómplices de él.


Hace poco he visto una película histórica, basada en hechos y personajes reales, en la que el protagonista tiene que tomar la trascendental decisión de elegir salvar a unos pocos o a muchos (y muchos con diferencia). No doy más datos por no hacer spoiler. El caso es que, aconsejado por alguien sabio, toma la decisión más lógica. Esa es la gran diferencia con la crisis actual, en la que se ha tomado la resolución más ilógica e irracional. No han aprendido de la historia y por eso la manipulan y la recortan cada vez más en los sistemas educativos públicos.


Siguiendo con la historia, antaño me preguntaba cómo unos cuantos miles de personas en Alemania pudieron exterminar a seis millones de judíos. Posteriormente supe que fue gracias a la propaganda (para convencer a los que se convirtieron en verdugos) y al engaño, como ahora. Las víctimas fueron llevadas dócilmente a las cámaras de gas porque a pesar de estar sometidas a un gobierno criminal, aún les quedaba confianza en él, porque era "su" gobierno. Para ellas era imposible creer que su propio gobierno les quisiera asesinar. Y entraron al matadero convencidas de que iban solamente a ducharse, tras un largo viaje apelotonados en trenes de ganado. Unas pocas personas, como ahora, se dieron cuenta del engaño y lucharon por sus vidas, muriendo acribilladas a balazos llevándose a algún asesino con ellas. Pero fue una muerte rápida y con menos sufrimiento que la de las que fueron gaseadas. Las matanzas más numerosas de la historia han sido siempre ordenadas por algún gobierno. ¿Y seguimos fiándonos de ellos? ¿Iremos plácidamente al matadero sedados con sus mentiras e inquietantes promesas como "no dejar a nadie atrás"?


Nos llaman “conspiranoicos” aquellos paranoicos que sienten que el virus está en todas partes y en todas las personas de su alrededor, que hasta saltan cuando camino cerca de ellos, porque dos metros no les bastan. ¿Cómo pueden vivir así tantos meses, o años como pretenden los responsables de esto? Sin embargo, nosotros estamos también preocupados porque esto es parte de algo tan grave o más que solo se le podría parar si nos plantamos todos y dejamos de seguirles el juego, puesto que es un escenario que no contemplan y quedarían desconcertados, incapaces de reaccionar. Estamos en una guerra que los ricos y poderosos nos han declarado hace años, porque les sobramos muchos en sus maquiavélicos planes de futuro y temen que nos unamos y vayamos a por ellos, a que se haga justicia de una vez.


Si piensan que sobra mucha gente en el mundo, no es justo matar indiscriminadamente a todo el que pase por la calle como hacen los terroristas típicos. Deberían empezar por gente que ni con la prisión se reforme, como asesinos en serie y otros psicópatas, pedófilos, violadores y los que despojan a los pobres. Como, desgraciadamente, cada vez hay más de estos especímenes, llegaríamos pronto a una reducción significativa de la población y a un mundo más feliz. La pega es que entre los que han planeado esto, seguro que hay alguno clasificado en alguna de estas categorías.


Recientemente, la OMS afirmó que el saludo con el codo no es correcto al no respetar la distancia de seguridad y el CDC de Estados Unidos anunció que el virus se puede transmitir por aerosoles de nuestra respiración que permanecen hasta tres horas flotando en el ambiente de lugares que no están al aire libre. Este segundo comunicado fue retirado solo un día más tarde porque “aún no hay suficiente evidencia científica”. ¿O fue la presión de los medios televisivos? Porque, en caso de comprobarse, todos los programas de televisión de todo el mundo realizados en platós, deberían hacerse con mascarilla puesta, pues dice el mismo CDC que es la mejor protección, y sin hacer el ridículo saludo de chocar el codito. Es donde también queda evidente la discriminación social exacerbada por el virus: presentadores, concursantes, tertulianos o invitados libres de mascarilla, mientras que detrás o delante de ellos, aún manteniendo distancia, los trabajadores de la producción y los espectadores están amordazados. Lo peor es que, sobre todo en el canal de la Sexta, hipócritas tertulianos y presentadores sin mascarillas, en platós cerrados, critican y se burlan de todos los que no usan la maldita mordaza. Y apuesto también a que los políticos se la quitan cuando no ven una cámara que los enfoque.


Antes pensaba que la mayoría de los políticos eran malvados. Me equivocaba. Todos son malvados, no se libra ninguno, es más, creo que un requisito fundamental para medrar en política es ser malvado. La ingenua buena persona que se quiere dedicar a ella enseguida es apartada ferozmente del mal camino, a no ser que se transforme en otro malvado más. Ahora es primordial limpiar la profesión política, primero eliminando esa palabra del diccionario y sustituirla por dos: “servicio público”. Que todo el que quiera entrar en esta profesión que sepa que es para servir al pueblo, como inequívocamente expresa su nueva denominación. Y sí, sé que es muy difícil, así es la condición humana. Hay mucho charlatán todavía que atrae a las masas, es lo que se llama el carisma. A la m... el carisma, hay que buscar en las personas que administren lo público honradez, integridad y empatía.


En esta distopía que estamos viviendo, leo un artículo en una web de noticias en el que un matrimonio va a visitar a sus padres, tras seis meses en el extranjero, y no les dejan que los abracen ni les besen, y, estando los padres en su propia casa, les exigen que se pongan la mascarilla y mantengan la distancia de seguridad. Si mi hijo me hace eso, lo echo a patadas de mi casa. Es que prefiero que me mate el virus antes de que un hijo se niegue a abrazarme y me pida que me amordace en mi propio hogar. A lo que estamos llegando. Y encima se sienten orgullosos de contarlo. A lo mejor es otra historia falsa de las muchas que sueltan los medios de manipulación para “concienciar”, porque es muy difícil de creer. Madre mía.


Antes pensaba que el negocio del virus estaba en las vacunas, pero viendo los recientes fracasos y la carrera feroz por lograrla entre países y farmacéuticas, creo que el verdadero negocio son los geles hidroalcohólicos y las mascarillas. Los primeros ya están en todas partes, incluso se exige que los escolares de seis años en adelante que los lleven en la mochila, cuando hasta hace poco era algo que no debía estar al alcance de los niños. Cómo cambian las normas según convenga. Las segundas, las mordazas, que, no conformes con haber doblegado a los gobiernos para obligar a todo el mundo a usarlas, y como ven que aún no han ganado los miles de millones que les gustaría llevarse a sus paraísos fiscales, ahora quieren que las “utilicemos correctamente”, o sea, cambiar las quirúrgicas cada cuatro horas o menos según el ambiente, o limitar el número de lavados de las reutilizables, el caso es seguir siendo asquerosamente ricos a costa los pobres ingenuos atemorizados por los gobiernos y medios de manipulación. Y si los muy pobres no pueden permitírselo, no pasa nada, es el gobierno el que se las facilitará, comprando millones de mascarillas con cargo a los impuestos de todos. Igual que harán con la vacuna supuestamente gratuita.


Creo que los que han provocado todo este pánico e histeria por un virus que no es tan letal como anunciaban, se aprovechan del escaso o nulo conocimiento de matemáticas o estadística básica de la mayoría de la gente, facilitada por la deficiente educación recibida es esta materia. ¿Porqué los “casos” (que no enfermos) se expresan en tantos por cien mil o por millón? Para asustar, claro. Por ejemplo, el 19 de septiembre la incidencia en el barrio de Lavapiés (Madrid) era de 1.185 por cada 100.000 habitantes, así parece mucho. ¡Dios mío, más de mil enfermos en Lavapiés! Pues no, sólo es el 1,2% de la población del barrio, no todos están enfermos y es un porcentaje normal para una enfermedad respiratoria en estas fechas. 1,2% ya no espanta tanto, como lo es el hecho de que después de más de medio año de pandemia en España, aún no llegan ni al 1,5% de contagios en todo el país, y esto sin poder descontar los recuperados que llevan meses sin publicarlos, que ya es otro enigma más. Mientras, siguen alarmando los medios de manipulación con que las UCIS están llenas (también estaban casi llenas cuando familiares míos fueron ingresados en ellas hace años) y los datos oficiales del gobierno no lo reflejan. Hasta los mismos conspiradores para matarnos se contradicen entre ellos. ¿Dónde está el sentido común de la gente para darse cuenta de tanta exageración, medias verdades, mentiras y terrorismo informativo?


Voy a explicarlo como si hubiera que hacerlo a un niño: esta enfermedad nueva no contagia tanto como dicen en comparación con otros virus respiratorios, muchos no tendrán ningún síntoma (aunque serán criminalizados como apestados), unos pocos sentirán síntomas leves como tos o fiebre, muy pocos irán a un hospital a ser atendidos, muy muy pocos acabarán en una UCI, y muy muy muy poquitos morirán. Es decir, es más fácil que nos toque el gordo de la lotería de navidad que morir de este virus, aunque es cierto que personas muy mayores, con déficit de vitamina D, y las enfermas de otras cosas juegan algunos décimos más. Pero ¿Justifica eso los confinamientos, las otras enfermedades no atendidas, el pánico y la histeria, el maltrato infantil, el hambre que pasarán millones, las depresiones y suicidios? Por supuesto que NO.



domingo, 2 de agosto de 2020

2020: EL AÑO EN QUE SE PERDIÓ LA CORDURA.


Nunca antes murieron tantos para salvar a tan pocos”. Esta escueta oración se le ocurrirá, dentro de unos años, a algún estadista para sintetizar en una sola frase lo ocurrido este año 2020. Ahora a mí me cuesta mucho describir con palabras lo que está ocurriendo, porque el sentido común ha desaparecido por completo de la mayoría de la especie humana y va hacia el suicidio colectivo como especie, o quizás es lo que buscan unos pocos escogidos para quedarse con el planeta a sus anchas. Es la única explicación racional, que no ética, que se me ocurre en estos momentos.

Según las informaciones oficiales y de los medios de comunicación de masas (en adelante, los denominaré medios de manipulación), todo empezó con otro virus originado en China, otro más en el único país del mundo que ha aplicado un estricto control de natalidad con fatales consecuencias para el equilibrio natural de ambos sexos, y que en el futuro podría culminar en violentas revueltas sociales si no se corrige a tiempo. Un virus que se extendió de repente muy rápidamente tras un periodo de escasa transmisión, y así fue en casi todos los demás países, pero que con el tiempo fue a menos en lo que a mortalidad se refiere, que es lo principal en lo que hay que fijarse en la actividad de un virus. Y como esta cada vez es menor, entonces los medios de manipulación nos hablan de secuelas graves y permanentes con el fin de seguir manteniendo el pánico entre la población. No dicen que la probabilidad de muerte o secuelas graves es tan mínima que es más fácil para cualquiera morir antes de otra enfermedad o accidente. Y es increíble que casi nadie preste atención a esta certeza. ¿Por qué tanto pánico a este virus? Por el poder de los medios de manipulación para dominar las mentes de una inmensa mayoría de personas. Y los gobiernos no se quedaron atrás en esta difusión del pánico con el espantoso confinamiento al que sometieron a toda su población y a las subsiguientes medidas absurdas que impusieron después con el distanciamiento social, mascarillas y cierre de muchas, casi todas, las actividades humanas en grupo.

Lo que está pasando hoy en día no lo hubiera imaginado ningún autor de ciencia ficción nunca, estamos viviendo una distopía, una pesadilla y lo peor es que muchos no se están dando cuenta de lo que está pasando. Mi opinión, y ojalá me equivoque, es que al sistema ya le sobran muchas personas y tiene que reducir la población mundial drásticamente. Ni siquiera una guerra mundial convencional (porque la nuclear no dejaría planeta para nadie) les es suficiente para el número de personas al que desean llegar para alejar el peligro del colapso global por el agotamiento de recursos de La Tierra. El utilizar oportunamente un virus como este, similar al del resfriado común en cuanto a su detección y síntomas principales, que parece contagiar a mucha gente muy rápidamente pero sin causar una letalidad importante, les ha servido para causar un pánico generalizado, pero controlado. En el caso de que hubiera sido muy letal, el pánico descontrolado hubiera provocado que la situación se les fuera de las manos y acabaría en un apocalipsis. Eso no lo querían, por supuesto. En vez de eso, el Estado profundo (¿De qué se sorprenden? Si hay Internet profundo, la “deep web”, pues claro que hay alguien detrás de los gobiernos visibles) logró “convencer” a los Estados para aplicar medidas que recomendaban algunos epidemiólogos, mientras ignoraban y vilipendiaban a otros, como las que ya estamos viviendo y que son las que acaban con el ser humano como ser social. Desde que los Estados se financian más con deuda que por impuestos, se deben a sus acreedores y no a los ciudadanos, por lo que fue fácil regular que casi todo el mundo empezara con largos confinamientos nunca vistos de gente sana, con mascarillas obligatorias en todo momento sin saber para nada las consecuencias a medio y largo plazo del uso prolongado de las mismas, y con distanciamiento social incluso entre la propia familia y amigos íntimos, además de condenar a muchos millones de personas a padecer hambre y depresiones al suspender todo evento o reunión social y, lo peor, el cierre de las escuelas. Un ejemplo claro del poder del Estado profundo es EE.UU. Y Brasil. En ambos países sus presidentes se negaron a aplicar las medidas de aislamiento y confinamiento e increíblemente fueron ignorados y relegados. Algo nunca visto. Trump y Bolsonaro cometieron muchos errores, pero en lo único en que estaban acertados, fueron rebasados por el Estado profundo sin miramientos, incluso lograron que el “hombre más poderoso de la Tierra” fuera filmado en público con una mascarilla puesta sin necesidad, pues no tenía a nadie cerca, con tal de humillarle y demostrar quienes realmente mandan en el planeta.

Y lo que empezó con algo temporal, y hubiera sido más soportable si así lo hubiera sido, se ha convertido en algo permanente llamado “nueva normalidad”, porque no se nos dice cuándo acabará esta locura, e incluso se vuelven a hacer obligatorias restricciones como la mascarilla en todo momento cuando el número de hospitalizados y fallecidos diarios ya es menor que el de otras enfermedades. Cuánto más se debilita el virus, más opresión sufrimos. Y, como borregos, muchos lo han aceptado, eso es lo que más me sorprende. Incluso critican e insultan salvajemente al que se atreve a cuestionar la versión oficial, de por sí ya bastante confusa y contradictoria desde los primeros momentos. Yo dejé de preocuparme por el virus cuando supe la letalidad en los niños. Bien, pues a esos borregos obedientes, yo, uno que trabajó para el gobierno bastantes años, les digo que el gobierno siempre miente, que sus intereses no son en absoluto los del pueblo salvo en el breve periodo electoral en el que fingen que van a cumplir sus promesas. Y que no esperen que sus mentes aguanten tantos meses o años viviendo de esta forma, porque la ansiedad y la depresión inevitablemente afectarán a muchos millones que acabarán, como yo ahora, deseando la muerte como salida de esta vida que no es vida, es solamente pura supervivencia y vivir no solo es sobrevivir, al menos para los seres vivos dotados con capacidad de raciocinio y conciencia de sí mismos. Tan solo podrán sobrevivir los que conozcan el plan porque ellos sí saben cuándo acabará esta crisis y además viven en lugares apacibles y lejos de donde se hacina cada vez más la población. Poder vislumbrar cuándo acabará algo es lo que nos hace mantener una esperanza, y ahora no sabemos cuándo terminará esta pesadilla. Algunos dicen que cuándo lleguen las vacunas, pero es que tampoco sabemos cuándo llegarán ni en qué condiciones pues los medios de manipulación sacan a diario informaciones contradictorias sobre ello. Por ejemplo, al principio se anunciaba una cooperación global entre todos los países para llegar antes a la vacuna, y ahora vemos que se trata de una carrera a ver que farmacéutica lo consigue antes que otra y se forra, aunque tenga que denunciar espionaje industrial como acaban de acusar a China. Si toda información de interés para la vacuna debía compartirse por el bien de la humanidad, nadie tendría que espiar a nadie. Y una de las causas principales por las que no les interesa la inmunidad de grupo, es que cada nuevo contagiado es un cliente menos para adquirir la vacuna. Y sí, aunque en algunos países tu gobierno te la ofrezca gratuita, antes se la ha comprado a una farmacéutica por mucho dinero que viene de tus impuestos y endeudándose más.

Soy una persona introvertida, poco sociable ya por las circunstancias adversas que he vivido estos últimos veinte años, me gustan muy poco las reuniones sociales, nada las salidas nocturnas y mucho menos el consumo de drogas legales o ilegales. Acostumbro a salir poco de mi casa, y aún así, el confinamiento y todas las restricciones y prohibiciones me han afectado mucho hasta el punto que me quitaron las pocas ganas que tenía de vivir. No me asusta la muerte, tengo más de cincuenta años y ya he hecho todo lo importante que se tiene que hacer en la vida. Tengo hijos, pero ya no puedo hacer nada por ellos, el Estado me ha quitado toda posibilidad de ayudarles a soportar los males de la vida. Pues si esto me ha afectado a mí, como acabo de afirmar, ¿Cómo lo hará en personas más jóvenes, extravertidas y sociables? Supongo que durante un tiempo ocultarán las cifras de suicidios, drogadicciones y depresiones en jóvenes y niños, hasta que el número sea tan alto que sea imposible. O no. Quizá lo consigan, porque todo ha cambiado tanto que no puedo aventurar nada.

En el pasado se calificó también de antivacunas a médicos y otras personas que en realidad no cuestionaban las vacunas sino el negocio que las farmacéuticas empezaron a hacer de esa necesidad, arrebatándoselas a los Estados del bienestar que ya están en proceso de extinción, alterando su composición para ahorrarse costos de producción o tener más beneficios, lo que causa graves efectos secundarios en algunos niños, sus principales destinatarios. Ahora se incluye en este grupo a los que nos oponemos al alarmismo y pánico injustificado que han provocado con este virus, llamándonos negacionistas. Etiquetar a la gente es otra forma de ningunearla, de ignorarla o despreciarla. Hay reputados médicos y epidemiólogos que opinan como yo, y ellos saben más del asunto. Tan solo tenemos que buscarlos e informarnos y llegar a la conclusión más lógica. Nos estamos suicidando como sociedad solo para tratar de erradicar el catarro. Nos estamos fiando de algunos epidemiólogos que son muy especializados en lo suyo e ignorantes en otros muchos campos, sobre todo en psicología. La especialización es la muerte del conocimiento. Al principio de la crisis, los medios de manipulación entrevistaron a algunos psicólogos, pero como no les interesaba lo que decían porque iba en contra de la doctrina oficial, ya no aparecieron más.

Miren a su alrededor, a su familia, conocidos. Mis hermanos y sus amigos, que viven en Madrid y les pilló la explosión inicial del virus en plena capital, y tres de ellos teniendo que ir a trabajar en transporte público, no se han infectado. El único positivo (qué triste ver cómo han transformado una palabra optimista en algo malo) ha sido mi abuela de 102 años ingresada en una residencia porque ya no puede valerse por sí misma, detectado en una prueba que se hizo a todos los ancianos y sin ningún síntoma. En otro país, un familiar de 65 años está postrado en una cama sin poder moverse apenas, con pañales y dándole de comer como a un bebé porque hace tres meses su sistema sanitario decidió que su operación de hernia discal no era urgente por la crisis de este virus. Hay otras muchas cosas que matan a la gente, pero ya no importan.

Tras más de siete meses de existencia, el virus ya no llega a contagiar a tantas personas en el mundo como el de la gripe ¿Por qué no informan de ello? En vez de eso, se inflan las cifras de mortalidad al calificar como muerte por coronavirus a casos sospechosos de los cuales no se hace autopsia. O de la famosa prueba PCR que es tan fiable que detecta como positivo a cualquier otro virus del numeroso grupo de los coronavirus. Y ya solo informan de los contagiados por esta prueba, con escasos ingresos hospitalarios. Son tantas informaciones falsas, incompletas y contradictorias que cualquiera con dos dedos de frente se tiene que preguntar cómo hemos llegado hasta aquí. Y lo que nos queda como no reaccionemos y nos plantemos. Sobre todo, los jóvenes y los pobres, que son los que más tienen que perder.

Lo de las mascarillas es de escándalo. Ni siquiera la corrupta OMS obliga a su uso continuado, y aquí en España nos hemos convertido en el primer país del mundo en obligar a su uso en todo momento (con todas las comunidades autónomas infantilmente en cascada regulando su uso), de forma que se ven estampas ridículas como ver gente por medio del bosque o en lugares solitarios con ella puesta... Al margen de los efectos en la salud física por su uso prolongado (que los habrá, porque es antinatural respirar de modo continuado con eso en la cara, no fuimos diseñados para respirar así), sus efectos en la salud psicológica son devastadores, porque con ella puesta nunca puedes dejar de pensar en esta locura o, como yo, tener ansiedad al ponérmela y luego salir y ver a todo el mundo con la cara cubierta. Por eso salgo lo menos posible, no soporto ver tantas mascarillas usadas sólo por decisión política y no sanitaria. Tanta gente tapada es una estampa deprimente, algunos sufriendo pero temiendo las multas o las broncas de otros que las llevan orgullosamente como buenos miembros del obediente rebaño (“Ponte la puta mascarilla” dicen cuando se les acaban los pocos argumentos que tienen). Un medio de manipulación acaba de publicar que los que no queremos llevar mascarilla somos psicópatas y narcisistas. Tremendo. Y los que no queremos llevarla ni que las lleve nadie, ¿Qué somos? ¿Genocidas? Quizá es un modo de hacernos salir menos de casa. Con tantas restricciones y críticas (en redes sociales se lanzan ferozmente a por el que se sienta en la terraza de un bar, se va de vacaciones o quiere disfrutar de un espectáculo), a muchos se nos quitan las ganas de salir, no ya de vivir, que también. Porque esto no es vivir, no es soportable en el tiempo, y así conseguirán su objetivo de reducir drásticamente la población mundial, ya que es fácil matar a quien ya no desea vivir.

Muchas veces veo las noticias no para confirmar mis temores, sino para intentar encontrar una señal de que esto va a acabar alguna vez, algo que nos dé esperanza. Es en vano. En los comentarios de esas informaciones, leo que algunos nos llaman homicidas. El principal argumento de los gobiernos y los medios de manipulación es apelar a los remordimientos de conciencia que sentiríamos si por no seguir sus normas y prohibiciones, contraigamos el virus de forma asintomática y luego contagiemos a alguien vulnerable y causemos su muerte. Matamos a alguien casi sin mover un dedo. Por temor a esa posibilidad, consiguen llevarnos dócilmente al matadero o donde ellos quieran. Pero los verdaderos homicidas son la mayoría de los gobiernos mundiales que, en vez de reforzar realmente el sistema sanitario para afrontar epidemias, se han dedicado de forma unánime a castigar a toda la población, sana o enferma, sabiendo de antemano que con ello están ya agravando y provocando más enfermedades y muertes que por el mismo virus. ¿A quién beneficia esto? Ya hemos visto que este virus no distingue entre ricos y pobres, pero las medidas tomadas para su erradicación causarán más fallecidos por hambre y falta de cuidados médicos, y estas cosas no afectan a los poderosos, a ellos nunca les faltará comida ni atención médica. En realidad, estamos protegiendo a los ricos en vez de a los llamados vulnerables o personas de riesgo. Los pobres, como siempre, no importan.

También nos llaman irresponsables y cobardes. Y es paradójico, porque somos personas con sentido común que aceptamos el riesgo, bastante bajo, de morir por el virus antes que seguir sometidos a unas rigurosas medidas, sin una base científica consensuada, que están llevando a la civilización de camino al precipicio. Queremos salvar la sociedad, y claro que queremos que cambie, pero a mejor, a una más justa e igualitaria pero día a día comprobamos que vamos por el sendero contrario.

También leo que una dirigente de una comunidad autónoma anuncia un día la creación de un documento para que los que hayan pasado la enfermedad y no sean contagiosos puedan, lógicamente, hacer una vida más o menos normal. Casi inmediatamente, al día siguiente, su vicepresidente la desmiente y afirma que no habrá “privilegios” para nadie (como si los ricos y los políticos no los tuvieran). De forma absurda, gente que ya no es contagiosa debe seguir usando mascarillas que ya no necesitan. Yo pienso que la verdadera razón de no hacerlo es que ese documento animaría a muchas personas, hartas del estrés que supone tener un microbio al acecho todo el tiempo, se animarían a buscar la inmunidad de grupo y, con ello, cargarse el negocio de las vacunas.

Y los medios de manipulación siguen alarmando y atacando a la infancia, publicando estudios que afirman ahora que los menores de 5 años pueden ser peligrosos por tener una gran carga viral. Es patético. Menos mal que muy pocos saben leer a esas edades.

Aún cuando ya vemos muchos menos ingresos hospitalarios y fallecidos, sigue habiendo muchos padres y profesores histéricos y presas del pánico que tienen miedo de lo que ocurrirá cuando empiece el siguiente curso escolar. La ministra de educación tajantemente dice que debe ser presencial, que es lo mejor para los niños. En algo estoy de acuerdo con un miembro del gobierno, y no es porque la escuela sea el mejor lugar para aprender, sino porque hoy por hoy es el mejor lugar para que socialicen los niños por culpa de la inseguridad de las ciudades. Sin embargo muchos no quieren llevarlos a la escuela e incluso algunos sugieren que vayan con mascarilla y distanciamiento. Inaudito. Cinco horas seguidas con una mascarilla puesta los niños y sin poder acercarse a sus amigos. ¿Se puede ser más cruel? ¿Esos padres no se estarán preocupando más por su propia salud que por la de sus hijos? Yo moriría para que mi hijo pequeño sea feliz. De hecho, el único y delgado hilo que mantiene la poca cordura que me queda es él. Tengo otra hija mayor, psicóloga, pero ya no me necesita constantemente y su felicidad ya no depende de mi existencia, ni desgraciadamente puedo hacer nada para que se sienta mejor con todo lo que sé del mundo.

Antaño cuando había una catástrofe siempre se decía que había que salvar a las mujeres y los niños primero. Puro sentido común. Ahora quién sabe cuántos millones de niños estamos afectando para salvar a unos miles de ancianos, muchos de los cuales a punto de llegar al final de sus vidas o, como yo y otros más mayores, que se niegan a vivir de esta manera en esta “nueva normalidad” y no quieren ser salvados a este precio. Los medios de manipulación cargan contra los jóvenes que salen a lo que deben hacer, socializar, y que luego regresen y contagien a sus padres y abuelos. ¿Acaso no saben que esos jóvenes cuentan con el beneplácito de sus mayores porque desean que sus hijos y nietos tengan unas vidas normales y plenas? Como el gobierno de Canarias, que utilizó la televisión pública para emitir un anuncio en el que un anciano celebra su cumpleaños felizmente en familia y acaba en la UCI de un hospital. Si hubiera sido presa del pánico nunca se habría reunido con su familia y podría haber muerto por causas naturales debido a la edad, solo, tras meses sin relacionarse con los suyos. Prefirió ser feliz y vivir bien sus últimos años, no encerrado muerto de miedo. Estos medios de manipulación ya no informan, sino juzgan, critican sin saber. Son cómplices de los gobiernos en un monstruoso crimen contra la infancia, por los millones de niños y jóvenes que enfermarán y morirán por culpa de esta locura colectiva. No niego que es un virus que enferma y mata a algunas personas, pero la respuesta histérica a él ya está matando a muchas otras de las que no se informa y matará a muchas más en el futuro (quizás esa sea la verdadera intención). La contaminación mata a mucha más gente que el virus, pero no se toman drásticas medidas contra ella porque podrían causar más caos en las urbes. Que les mate la polución es el precio que algunos tienen que pagar por vivir en ciudades en las que disponemos de más ofertas de alimentación, ocio, sanidad, educación y cualquier otro servicio que en las zonas rurales. El cáncer mata a más personas sin distinguir entre niños y adultos y no por ello renunciamos a drogas legales y alimentos o ambientes cancerígenos. Corremos ese riesgo para no dejar de disfrutar de algunos placeres de la vida. Si nos toca, nos resignamos a sufrir tanto la enfermedad como el penoso tratamiento, o la muerte si llega. ¿Por qué con este virus menos letal no ha sido así? No lo comprendo. Se ha manipulado muy bien a casi todo el mundo.

Por no hablar de las consecuencias en países pobres, donde los confinamientos y restricciones sociales y sanitarias van a causar millones de muertos a medio y largo plazo. Y tampoco lo digo yo, lo dice la OMS. Lo que dije al principio no es exageración, será una certeza si no los paramos. Nuestro enemigo es invisible, pero no es precisamente el virus.

Antes muchos morían luchando por la libertad. Daban la vida sin pensárselo dos veces antes que vivir esclavizados. Ahora una inmensa mayoría de gente vive esta crisis engañada y manipulada, porque ellos, con soportar indefinidamente esta “nueva normalidad”, que no es otra cosa que vivir sin libertad, creen que son los héroes que salvarán al mundo de un virus (¿O temen tanto a la muerte que solo piensan en su propia supervivencia?) Nosotros, los que no caímos en el pánico, los que no nos importa enfermar y morir porque es algo inherente a todo ser vivo, los que sabemos que hay cosas peores que la muerte, los que clamamos por la libertad, somos ahora los villanos. Qué paradoja.

Siempre he pensado que la humanidad progresaba dando un paso adelante y dos atrás (y no me refiero al progreso tecnológico, sino al social). Ahora hemos retrocedido muchos pasos y estamos cerca del abismo. Se suponía que todos los cambios sociales deberían ser para el bien común, así que lo que estamos viviendo es un sinsentido y es una mayúscula injusticia que ninguno ya tengamos presunción de inocencia, ni siquiera gente curada que ya no puede contagiar a nadie.

Debemos juntarnos todos en las plazas de los pueblos y las ciudades, acercarnos, saludarnos, quitarnos todas las mascarillas y prenderlas fuego y no volver a verlas más que en un quirófano o en un entorno de personas realmente enfermas, o que trabajen en lugares que puedan inhalar tóxicos. Y luego convivir con el virus como con cualquier otro con los que llevamos siglos y nunca se había hecho nada tan demencial, porque a pesar de estas medidas tan restrictivas todos podemos acabar contagiados, porque es imposible mantener la guardia alta las 24 horas del día durante muchos meses ante un enemigo tan pequeño, si hasta los mismos médicos aún se contagian a pesar de sus protecciones. Restituyendo el Estado del Bienestar sería más sencillo superar este y otros virus, porque la sanidad pública ya estaba colapsada mucho antes de esta crisis por la falta de personal y recursos auspiciada por los recortes presupuestarios. Ojala este deseo se haga realidad antes de que esta realidad acabe conmigo. Pero no lo creo, porque la estupidez humana siempre ha ganado por abrumadora superioridad numérica. Prefiero que me mate el virus antes que seguir viviendo así indefinidamente o, mejor, morir luchando para cambiar esta situación, por el bien de nuestros hijos y nietos.

lunes, 12 de febrero de 2018

 LO QUE NUNCA DEBE HACER UN ABOGADO.


No hace mucho, tras ver en mi correo electrónico la circular de los servicios jurídicos de la Asociación a la que pertenecía, me decidí a escribir a mi delegación. Me respondieron que lo consultara al correo electrónico del abogado.

Hice la consulta que es la prueba principal de mis pretensiones. El abogado respondió citándome en su despacho. Y le expuse exactamente lo mismo que consulté, añadiendo los documentos necesarios. Parece que creyó en la justicia de mi petición y ante mis dudas por si estaba muy ocupado con la Asociación, dijo que podía hacerse cargo de la demanda. Fue su primera mentira.

Sí era un abogado muy ocupado, pues cada dos semanas yo llamaba y me decía que aún no había podido, hasta que casi dos meses después le remití un e-mail, apremiándole para que presentase la demanda, que el tiempo corría en mi contra. Mi paciencia se agotó y le ofrecí que pasara el trabajo a algún colega suyo que sí pudiera hacerse cargo. Respondió que la presentaba de inmediato. La hizo deprisa y corriendo ese mismo día. No me envió antes una copia para que la revisara su cliente, algo por desgracia habitual en muchos abogados.

Cuando todo empezó a ir mal fue a al recibir una llamada de la parte demandada, porque en la demanda se basaba en una mentira. Le respondí que no podía ser cierto, que se habría equivocado el abogado, pero al parecer no me creyó. Tampoco quise creerle a ella, me constaba que me había engañado en el pasado. Pero mi confianza en el abogado seguía siendo tan ciega que cuando se me ofreció negociar un acuerdo, me negué, creyendo que era porque la demanda estaba tan bien hecha que la habíamos intimidado. Como no quedé tranquilo, telefoneé al letrado y le pregunté si en la demanda había puesto esa mentira y me respondió que no, que la demanda fue redactada como acordamos (y yo me basé en el e-mail que inició todo). Pero de esta conversación no quedó, por desgracia, constancia escrita. Para salir de dudas, semanas después, por correo electrónico, solicité al abogado la copia de la demanda. Y no me respondió. Pensé que otra vez estaba muy ocupado. Volví a pedírsela en otro e-mail que tampoco obtuvo respuesta. Ya empezaba a inquietarme ¿Por qué no me la enviaba? Tuve que recurrir a la procuradora. Y aquí fue cuando supe ya que nos iban a destrozar en el juicio. Y ya no podía hacer mucho. Echarse atrás cuando había fecha de juicio también iba a generar un gasto importante en costas.

Comprobé que la demanda, hecha a toda prisa, no tenía nada que nada que ver con lo que acordamos. Errores impropios de profesionales del Derecho además de la flagrante mentira. ¿Por qué tuvo la temeridad de afirmar con seguridad tal dato sin prueba ni indicio alguno? Luego, fijaba plazos sin justificación alguna y, lo peor, exigiendo que la otra parte pagara las costas. Y, por último, yo creía que era el demandante el que debía aportar los documentos que probaran sus peticiones (y así debe ser), para no incurrir en temeridad. Fácilmente, la parte demandada demostró la mentira.

A pesar de ello, pensé que algún as bajo la manga debía guardar el abogado. Esto no podía ser posible. No podía ser tan negligente. Sin embargo, cuando pude hablar telefónicamente con él de ello, le restó importancia. Me habló de que había recibido la contestación a la demanda y podíamos ganar. Siempre tan ocupado (el que decía que tenía tiempo), terminó la conversación citándome en su despacho solo para la semana anterior al juicio para prepararlo. Le pregunté si el haber mentido así nos iba a perjudicar. Y, con su exultante seguridad en sí mismo, respondió que no, que eso era “irrelevante” (me ha hecho odiar esa palabra), que en la contestación a la demanda él veía un motivo que nos serviría para ganar. Le hacía sentir a uno como un tonto por haber dudado de su competencia. Me convenció de que el Juzgado no tendría en cuenta la mentira, pero yo seguía sin conciliar el sueño y más cuando pude echar un vistazo a la contestación de la demanda que me entregó al salir de su oficina. Por supuesto, si uno miente, la otra parte suele defenderse con mentiras también. Todas ellas yo las podía rebatir y demostrar. Se lo comenté al abogado antes de entrar a la sala del juicio, para ver si se podía contrarrestar nuestra (su) mentira con las de la otra parte, pero no me prestó atención. También le pregunté qué debía hacer si el juez me interrogara sobre por qué mentimos (mintió).

Tan sólo me dijo que no me iban a tomar declaración. Parecía tranquilo. Una vez en pleno juicio, la abogada de la otra parte dijo, con toda la razón, que si lo que demandamos hubiera sido cierto, la demanda hubiera sido innecesaria. Y el abogado ni respondió ni rebatió las otras afirmaciones falsas. Vi la cosa tan mal, que estuve a punto de pedir la palabra pero, con un gesto, me disuadió. No debí haberle hecho caso. Debí haber roto el silencio antes de que se hubiera consumado el desatino. Pero a uno le enseñan, erróneamente en este caso, a obedecer a su abogado, que se supone que sabe lo que hace.

Extrañamente para mí, él salió del juicio tranquilo. Con prisa, porque dijo que tenía otro asunto urgente que atender (cómo me engañó cuando me dijo que no estaba tan ocupado con la Asociación). Sólo quedaba esperar la sentencia y me la comunicó por teléfono. Aparentemente apesadumbrado, despotricando contra el juez, me dijo que habíamos perdido y además nos habían condenado a pagar las costas. Antes de despedirse, me pidió que le mandara un mensaje escrito si quería renunciar a apelar ante la Audiencia Provincial. Por supuesto que renuncié, no quería pagar más costas ni ser condenado otra vez. También le pedía copia de la sentencia. Nuevamente, caso omiso, y tuve que recurrir a la procuradora. La sentencia confirmó mis peores presentimientos. Y el pago de las costas, el peor, confirmó el efecto “boomerang” de lo que expuse anteriormente.

En conclusión, los tribunales sancionan duramente la afirmaciones falsas, lo que contribuyó a una sentencia con imposición de costas. Si el abogado hubiera hecho caso a lo que el cliente le pedía desde el principio, sustentado en otras sentencias favorables de otros tribunales, al menos se habrían generado las dudas suficientes como para que el juez hubiera estimado parcialmente la demanda o, en el caso de no estimarla, no imponer las costas.

Y viendo que el importe de la imposición de costas era más elevado que la minuta de honorarios que me solicitaba el denunciado, consideré que ya debía pagar más de lo que me correspondería si hubiera iniciado el proceso como debía ser, con la verdad, con las dudas ya expuestas. Costas, por otra parte, que sólo me fueron comunicadas después de haber procedido al embargo de mi cuenta bancaria y que me obligó a pagar muchos más intereses. Tampoco pude oponerme a la ejecución de costas, porque me quedé sin dinero para otro letrado y procuradora. También quedó seriamente dañada mi credibilidad (y mi economía) a la hora de pensar siquiera en el futuro en otra demanda.

Mi indignación cuando vi mi cuenta embargada por sorpresa fue tal que le escribí un correo electrónico quejándome amargamente de su pésimo trabajo, y no sólo no lo reconoció, sino que respondió con que eran infundios y me envió la minuta de honorarios a toda prisa (me facturó lo máximo permitido por el Colegio de Abogados, sin descuento alguno por ser socio). Eso prueba que se había olvidado tan por completo de mí, que hasta ni se acordó de sus honorarios (la procuradora me informó por e-mail que había trasladado al abogado el decreto de tasación de costas cuatro meses antes). En anteriores demandas con otros abogados nunca tuve discrepancias, me tuvieron en cuenta y, aunque las perdí, nunca hubo imposición de costas en mi contra.

Al día siguiente, le ofrecí el acuerdo (sin disimulo, claramente) de olvidarnos del asunto y considerase que ya había pagado mi parte de culpa (por confiar en él) con la imposición de costas, que no realizara jura de cuentas ni yo me quejaría al Colegio de Abogados, y quedásemos en paz (aún yo ignoraba que la ejecución de costas me iba a costar muchos euros más para mi maltrecha economía). Yo le estaba dando una sencilla oportunidad de rectificar sus errores. Pero ni siquiera respondió. De todas formas, estas conversaciones quedaron registradas. Posteriormente, por burofax, también le dí la oportunidad de que diera parte a su seguro de responsabilidad civil que cubre las negligencias profesionales, pero tampoco hubo respuesta.

Y siguió en su soberbia, diciendo al secretario jurídico de la Asociación, la primera persona a la que pedí mediación (porque en la página web de la Asociación dice que “Letrados contratados en exclusividad por cada Delegación garantizan un servicio de asistencia de calidad”, sin especificar entre temas profesionales y privados), que era un asunto privado entre él y yo, y que había actuado “correctamente”. Y con esa tajante respuesta, se olvidaron del asunto, sin molestarse más en investigar el hecho. A la vista está que no hizo nada correcto conmigo. Y debido al hecho de trabajar con la Asociación confié ciegamente en él hasta que ya fue demasiado tarde. Al igual que muchos estafadores engañan a sus víctimas haciendo creer que actúan con el respaldo de una empresa o entidad conocida y solvente, éste venía avalado por las siglas de la Asociación.

Si afirmó que hizo lo correcto, ¿Por qué me amenazó con “ejercer acciones legales ante la eventual publicidad de mis afirmaciones”? ¿Por qué no pudo resistir a mofarse de mí con “por mucho que lo digas no se hará realidad” cuando me estaba quejando al juzgado de que no me notificó el decreto de tasación de costas? ¿Por qué me mandó un SMS acusándome de tener yo “poca vergüenza” ya que dice que me avisó “de todo”? Si me avisó de todo, ¿Por qué no me reenvió ese decreto de las costas cuando se lo solicité inmediatamente después del mensaje suyo? ¿Por qué tuvo la desfachatez (o la ignorancia impropia de un letrado) de querer asistirme, y “minutar” por ello, en la ejecución de costas iniciada por su grave descuido?

El juzgado, al resolver la jura de cuentas, no tuvo en cuenta ninguna de las pruebas presentadas por mí, ni siquiera mi petición de registros telefónico y de e-mail para demostrar que el abogado nunca contactó conmigo para el pago de costas (yo vivía a más de 100 km. de su despacho en esas fechas, me tenía que avisar antes para notificarme o entregarme algo). El abogado afirma increíblemente que me entregó en mano todos los documentos que le solicité (ahí está la procuradora y mis correos electrónicos para atestiguar que no fue así, pero nadie le preguntó) y encima el abogado me acusó de un delito de extorsión (aún no sé el motivo) que le dijeron que lo denunciara aparte. Es decir, no solo se equivoca varias veces, sino que arremete contra su cliente para perjudicarle aún más. Y el juzgado de instrucción archivó mi denuncia penal seguramente por no contradecir a su vecino de 1ª instancia, a pesar de que otro juzgado ordenara la apertura de diligencias previas. No se hizo ninguna. Se me culpaba a mí y a la procuradora de la ausencia de notificaciones y se mantuvo silencio absoluto sobre las mentiras del denunciado, que parece que está muy bien relacionado.

El Colegio de Abogados, igual de corporativista, se fue por los cerros de Úbeda al acusarme, principalmente, de querer fiscalizar la tarea del abogado que, insiste, “es libre e independiente”. Pues si yo hubiera fiscalizado su tarea, no habría pasado todo esto. Yo hubiera prescindido de sus servicios a tiempo si no me hubiera engañado. Y la libertad e independencia del abogado tiene su límite en el código deontológico, porque no se puede mentir sin conocimiento ni consentimiento del cliente. Quizás no quisieron investigar ni profundizar en el caso, ni ver las pruebas remitidas ni solicitar las que yo pedía, porque el resultado de ello no iba a ser nada favorable para su colega. Y el corporativismo es una forma más de corrupción.

Todo lo expuesto demuestra que el abogado ha actuado primero de forma negligente y luego propia de un psicópata (según la definición criminológica) al arremeter contra su mí, su cliente y víctima, acusándome de mentiroso, voluble y embustero para no reconocer sus numerosos errores. Me hundió a pesar de saber perfectamente que estaba errando. Ha corrompido claramente los valores de su profesión y los de la Asociación. Y los dirigentes de la Asociación desatendieron mis súplicas de ayuda, ni siquiera se han dignado investigar el hecho, ni a acompañarme a su despacho a recuperar mis documentos personales que aún están en su poder. Y esta Asociación recibió el Premio Nacional de Derechos Humanos...

ASÍ NO DEBE ACTUAR NUNCA NINGÚN ABOGADO.
NI NINGUNA INSTITUCIÓN DEBE PROTEGER O AMPARAR ESA CONDUCTA.


domingo, 30 de julio de 2017


MIS SUGERENCIAS PARA EL MODELO POLICIAL DEL SIGLO XXI


Este artículo lo escribí hace ya catorce años, pero visto lo visto todavía, sigue valiendo todo lo que dice para el momento actual.

     Hará algunos años, contemplé un programa de televisión en el que, en un plató decorado como una sala de justicia, se procesaba un tema problemático de la sociedad. En aquella ocasión, debido a la creación de las policías autonómicas vasca y catalana y al auge de las policías locales, se juzgaba si era bueno el excesivo número de cuerpos de policía para el ciudadano, poniendo como lamentable ejemplo un reportaje de una persona víctima de un delito en el límite fronterizo de una provincia y comunidad autónoma, a la que ningún agente policial hacía ningún caso, discutiendo unos con otros quién era competente para actuar. Evidentemente, a pesar de la tenaz labor del abogado que defendía la pluralidad de cuerpos policiales, el jurado acabó declarando culpable el excesivo número de ellos en España y, por tanto, perjudicial para la eficacia y la seguridad pública. En el programa, aunque no se decantó por qué número de cuerpos policiales sería el ideal, el juez concluyó que lo realmente importante es que ningún ciudadano quede desatendido cuando pide ayuda a la policía ni que anden mareándolo de una dependencia policial a otra a ver cuál es la que tiene competencia en su caso.

Estando en activo, yo mismo fui apercibido de sanción por mis superiores por la "descabellada ocurrencia" que tuve de comunicarme directamente por teléfono con el responsable de la policía autónoma vasca de un pueblo donostiarra, con ocasión de la necesidad de la rápida localización de un delincuente que acababa de cometer un robo en mi demarcación. O de la cantidad de personas que venían a la oficina de denuncias del puesto en que prestaba mis servicios enviadas por la policía local, sorprendidas porque otro cuerpo policial no era competente para instruir atestados ni por el delito más pequeño (Más impotentes debían sentirse algunos compañeros de azul al tener que decir a bastante gente que no podían atenderles). Incluso cuando tenían que detener a un delincuente por haberlo sorprendido "in fraganti" sólo podían confeccionar un informe para que la policía estatal lo adjuntara al atestado. Es más, el delincuente era trasladado de las dependencias de la policía local a la comisaría o puesto correspondiente, siendo en muchos casos devuelto de nuevo al calabozo municipal por la ausencia de ellos en muchos cuarteles.

Y hablando de terrorismo, ¿Cuántos casos conocemos, difundidos o no por los medios de comunicación, de descoordinación policial que han permitido la fuga de etarras? Demasiados para tratarse de delitos que son sólo competencia del Estado a través de sus dos cuerpos policiales, que en muchas ocasiones compiten entre ellos más que la obligada cooperación.

Pero estos ejemplos no fueron tenidos en cuenta por la subcomisión del Congreso de los Diputados que entre 1998 y 1999 se formó para el estudio del futuro modelo policial. Sus conclusiones hechas públicas a finales de ese último año, a pesar de contar con muy buenas propuestas por parte de casi todos los sindicatos policiales y nuestra asociación, fueron tremendamente decepcionantes. Aceptaban como válido el modelo establecido por la Ley Orgánica 2/1986, de Fuerzas y Cuerpos de Seguridad, recomendando únicamente avanzar más en la necesaria – mejor dicho, obligada – coordinación policial, sin que hasta la fecha, más de tres años después, se haya materializado nada concreto, a pesar del visible y preocupante aumento de la delincuencia que pone de manifiesto el fracaso del actual sistema. El Gobierno del PP, muy en su línea conservadora, dispone un aumento de efectivos en el Cuerpo Nacional de Policía y la Guardia Civil, más que nada para cubrir el déficit de personal que arrastran desde hace años, antes que modificar ni una sola coma de la L.O. 2/1986, una norma con tantos defectos y lagunas en algunas materias que sorprende mucho cómo ha sobrevivido tantos años.

Además de lo anterior, observando la evolución de la delincuencia en esta última década, con un extraordinario aumento de la movilidad de los delincuentes y la proliferación de bandas organizadas que actúan tan pronto en Galicia como en Murcia, creo que el modelo policial del siglo XXI debe estar orientado a la máxima coordinación, entendiendo como máxima, al 100 %, y eso sólo se logra, a mi entender, de una sola forma: eliminando la pluralidad de cuerpos policiales, reduciéndolos al mínimo posible, y el mínimo posible es uno. Y como el delincuente ya hemos visto que actúa en cualquier tiempo y lugar sin fronteras autonómicas e incluso nacionales que le detengan, ese cuerpo debe ser estatal.

Al igual que las naciones disponen de unas únicas Fuerzas Armadas que les garanticen la seguridad contra amenazas exteriores, ¿Por qué no hacer lo mismo con la Policía? Puesto que su principal función es garantizar la seguridad de la población contra amenazas internas, nadie debe rasgarse las vestiduras si se propone un único cuerpo policial para todo el territorio nacional, unificando los ya existentes. Todas las administraciones públicas tienen claro el concepto de seguridad ciudadana, que es el mismo para el Presidente de la Comunidad Murciana que para el de Asturias, el procedimiento para instruir atestados e investigación de delitos es el mismo en toda España, incluso se confecciona de la misma manera una denuncia a la Ley de Pesca en Castilla-La Mancha que en La Rioja, tan sólo cambiando algunos conceptos formales. Con esto quiero decir que la labor policial es la misma en cualquier parte del país, lo único que varía es el color del uniforme del que realiza la labor. Lo malo es que todo funcionario policial depende de su propia organización y hasta ahora es ella la que decide que datos quiere o no compartir con otros cuerpos. ¿No es ideal que cada vez que un funcionario de policía introduce en su base de datos información sobre un hecho delictivo o detenidos, automáticamente ésta sea accesible a todos los demás y se facilite así la investigación? Pues eso es lo que realmente requiere el ciudadano de su policía: eficacia, y ésta se consigue solamente con la inmediatez de la información, la cual sólo es posible eliminando el principal obstáculo: la pluralidad de instituciones policiales.

Es cierto que hay determinadas funciones, como la vigilancia de edificios públicos autonómicos o municipales, o el velar por el cumplimiento de las órdenes y bandos de las comunidades autónomas y ayuntamientos, que parecen justificar una policía propia, pero en eso acertó la L.O. 2/1986 con las adscripciones de funcionarios policiales a las comunidades autónomas, siendo la primera Galicia. Pero, salvo los nacionalistas más extremos, ninguna administración debe preocuparse por no tener policía propia, porque si algo caracteriza a la Policía como institución es su disciplina y la obligación de hacer cumplir las leyes, ordenanzas o bandos, dimanen de quien dimanen. Todavía hay muchos municipios en los que la Guardia Civil hace de policía estatal, autonómica y local y el único problema que tienen con alcaldes o autoridades autonómicas cuando son requeridos por ellos es la escasez de personal.

Y con referencia a la escasez de personal, un único cuerpo policial dependiente del Estado garantizaría una mejor distribución de los efectivos, ya que, aunque pocas, hay zonas con superávit de policías, pero como pertenecen a distintas administraciones y con distintas competencias, no hay acuerdo ni amparo normativo que permita el trasvase a zonas desprotegidas. Tampoco se producirían los actuales agravios comparativos en las retribuciones que han provocado la desmoralización de los miembros de los cuerpos estatales al ver cómo policías con menos competencias ganan mucho más. Las únicas diferencias que se producirían serían en función del riesgo o la especialidad (explosivos, buceadores, operaciones especiales, antidisturbios, tráfico, protección de la naturaleza, antiterroristas, instituciones penitenciarias, policía judicial, etc.) y no de la administración de quién se dependa.
En conclusión, estos y otros problemas más que padece el caótico modelo policial español vigente quedarían solucionados con un único cuerpo de ámbito estatal, que a su vez estuviera fuertemente imbricado en similares de la Unión Europea, por la razón ya apuntada de que la delincuencia ya traspasa con facilidad las fronteras de los Estados miembros. La inseguridad ciudadana es un problema global que requiere una solución global y el policía, como servicio público, para ser más eficaz, debe estar al servicio del ciudadano, que es el destinatario de sus actuaciones, y no de los intereses territoriales o locales de ninguna administración pública.